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El aprendizaje de la migración

La pardela atlántica crea sus propias rutas sobre el mar.

Calonectris borealis. [Wikimedia Commons/Dominio público]

En hábitats esparcidos por todo el planeta, muchos animales cesan cíclicamente toda su actividad para emprender un viaje por tierra, mar o aire hasta nuevos lugares. Los geolocalizadores en miniatura brindan a los biólogos la posibilidad de indagar en esos desplazamientos estacionales como nunca antes. Algunas especies, como las ballenas o los gansos, aprenden las rutas migratorias siguiendo a sus progenitores y a otros congéneres veteranos. Otras, como ciertas aves canoras, llevan grabadas la distancia y la dirección del viaje en su código genético. Y otras emplean una combinación de herencia y cultura para orientarse en su migración.

Ahora bien, un cuarto grupo de viajeros, cuyo estudio solo comienza a ser factible ahora, no se ajusta a ninguno de esos modelos. Uno de sus representantes es la pardela atlántica (Calonectris borealis), un ave marina del orden de las procelariformes que migra cada año a través del Atlántico. Los jóvenes no viajan con los progenitores, por lo que la transmisión cultural no explica esos desplazamientos. Además, la ruta exacta varía ampliamente de un individuo a otro, lo cual descarta la herencia.

Especie longeva, la pardela raramente cría antes de los nueve años. Esto deja un lapso suficiente para el aprendizaje y la práctica de los desplazamientos migratorios. Los especialistas califican este mecanismo como «ajuste mediante exploración», algo que hasta la fecha había permanecido en gran parte en el terreno de la hipótesis por la dificultad que entraña el seguimiento de las migraciones de las aves durante tantas estaciones.

Un equipo de investigadores ha hecho exactamente eso fijando pequeños geolocalizadores a más de 150 pardelas de cuatro a nueve años de edad. El grupo comprobó así que las aves jóvenes recorren mayores distancias, durante más tiempo, y que sus rutas son más variadas que las de los adultos. «Por fin contamos con indicios sobre la hipótesis [del ajuste mediante exploración] en las aves migratorias», afirma Letizia Campioni, bióloga en el Instituto Universitario de Lisboa, que ha dirigido el estudio. Esta es la primera prueba en un ave marina, si bien investigaciones anteriores apuntaban a que otras aves longevas podrían usar la misma estrategia. El estudio se publicó en el número de enero del Journal of Animal Ecology.

Las pardelas jóvenes son capaces de volar tan rápido como las adultas, pero no lo hacen, lo cual incita a pensar que exploran más, una inclinación que desaparecería a medida que maduran, hasta acabar adoptando una ruta predilecta.

Quizá parezca menos eficiente que otras estrategias, pero el «ajuste mediante la exploración puede ser ventajoso para las aves y otros seres vivos en un mundo que cambia con gran rapidez a causa de las actividades humanas», matiza Barbara Frei, directora del Observatorio Ornitológico de McGill, que no ha participado en el estudio. «Tal vez sea más seguro repetir un comportamiento que ha demostrado su validez hace poco que confiar en señales que, aunque consolidadas desde hace tiempo, hayan dejado de ser seguras.»

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