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¿Qué está matando a la mariposa monarca?

Todo parecía estar claro: el herbicida Roundup estaba acabando con la mariposa favorita de Norteamérica. Pero nuevos indicios han desatado el debate en torno a otras causas.

INGO ARNDT, NATURE PICTURE LIBRARY

En síntesis

Cuando el herbicida Roundup acababa con los algodoncillos de los campos de cultivo norteamericanos a inicios de este siglo, los expertos lo culparon del drástico descenso de las poblaciones de la mariposa monarca.

Pero desde entonces han surgido otros posibles responsables, como las alteraciones de los bosques situados en el extremo sur de su migración anual.

Ahora, preocupados por esta apreciada mariposa, debaten en torno a la amenaza real y el modo de conjurarla.

Karen Oberhauser comenzó a temer por el porvenir de la mariposa monarca a raíz de su ascenso a una montaña situada a cien kilómetros de Ciudad de México. En invierno de 1996-1997, esta ecóloga de la Universidad de Minnesota subía por ella resollando y con dolor de cabeza, como todo aquel no habituado a las grandes alturas. Pero el esfuerzo mereció la pena: cuando se detuvo y miró en derredor, contempló millones de mariposas, colgadas como joyas vivientes de los abetos que cubrían las laderas.

Casi toda la población mundial de monarca se hacinaba allí y en los bosques cercanos, en una extensión de apenas 18 hectáreas. Otros entomólogos conocían el lugar, pero para Oberhauser era la primera visita. Pensó que una tormenta violenta o una banda de leñadores furtivos podían borrar del mapa aquel lugar. «Me di cuenta de lo vulnerables que eran», recuerda.

Ese bosque es el punto de partida de una extraordinaria migración anual que lleva a esta mariposa hasta el lejano Canadá, en verano, y de vuelta a México, en invierno. A lo largo del trayecto se multiplica y se alimenta en los campos de cultivo del Medio Oeste de EE.UU., el lugar de procedencia de Oberhauser. Durante los años posteriores a su visita al bosque mexicano, nuestra protagonista comenzó a sospechar que su región se había convertido en un lugar hostil para el lepidóptero. Los agricultores estaban fumigando los campos de soja y maíz con el herbicida Roundup para erradicar las malas hierbas. Pero el producto también destruye una planta indispensable para la mariposa, pues sobre ella hacen su puesta las hembras y sirve como único alimento a las larvas: el algodoncillo (género Asclepias). Con sus colaboradores, comenzó a censar las plantas y los huevos. Llegó a la conclusión de que la escasez del algodoncillo en los campos de cultivo significaba menos huevos y menos adultos que regresaban a México. En 2012 publicó un artículo con otros autores donde daba a conocer esta «hipótesis del algodoncillo» y su implicación alarmante: el Roundup estaba poniendo en peligro la gran migración de la monarca.

La gente y numerosos especialistas en esta mariposa quedaron impactados por la idea. Era lógico: al mismo tiempo que esa fuente primordial de alimento desaparecía, la población de la mariposa en México se desmoronaba. Aquel invierno en que Oberhauser visitó el refugio mexicano, había unos 300 millones de mariposas; una década después no alcanzaban los cien. A juicio de ella y de otros, el remedio sería repoblar con algodoncillos para reponer las pérdidas. Miles de ciudadanos concienciados respondieron a la llamada. Michelle Obama los plantó en un jardín de la Casa Blanca. Los grupos ecologistas pidieron al Servicio de Fauna y Pesca de EE.UU. que catalogase a la monarca (Danaus plexippus plexippus) como una especie amenazada, para reforzar la protección de su hábitat.

Desde entonces, empero, han surgido discrepancias al respecto. Los censos hechos en EE.UU., tanto durante como después de la época de cría estival, no indican un declive continuo, aunque en México su número se desplome. Y una proporción importante de las mariposas mexicanas procede de regiones de EE.UU. donde no abundan los campos fumigados con Roundup, apuntan otros datos. Los especialistas escépticos afirmaron que los insectos se multiplicaban sin problemas en las latitudes altas pero algo estaba acabando con ellas en su camino a México. «La migración es una suerte de maratón», explica Andrew Davis, ecólogo en la Universidad de Georgia. «Si en la salida el número de corredores no ha cambiado mucho en veinte años, pero son menos los que llegan a la meta, uno no diría que la participación va a la baja. Pensaría que algo sucede durante la carrera.»

La identidad de ese algo sigue siendo un misterio tan esquivo como preocupante. Algunos datos señalan a la pérdida de las plantas nectaríferas de las que el adulto se alimenta durante el viaje al sur y a la degradación de los vitales bosques situados al final de la ruta migratoria. También especulan con que una infección parasitaria podría estar diezmando a las migrantes. (Una pequeña población que inverna en la costa de California ha sufrido hace poco un desplome. Los entomólogos están preocupados, pero su hábitat no coincide con el de la población oriental, por lo que creen que las causas probablemente serán distintas.)

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