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Virtudes y vicios de la ciencia

El científico como ser moral y la curiosidad como germen de su carácter.

AN INSTINCT FOR TRUTH
CURIOSITY AND THE MORAL CHARACTER OF SCIENCE
Robert T. Pennock
MIT Press, 2019

La primitiva filosofía de la ciencia, desde el neopositivismo en adelante, se ocupaba de los productos lingüísticos de la ciencia más que de la actividad científica. Atendía a los conceptos, enunciados y teorías, y estudiaba su semántica y estructura lógica. Concebía la ciencia como lenguaje más que como acción humana. La distinción estándar entre el contexto de justificación —de carácter puramente lógico, se suponía— y el contexto de descubrimiento permitió a los filósofos desentenderse durante décadas de la ciencia como actividad. No obstante, a partir de las obras de autores como Thomas Kuhn o Paul Feyerabend, se inició en la disciplina un giro hacia lo pragmático. Según esta nueva filosofía de la ciencia, incluso la justificación de las teorías hay que buscarla en el plano de la acción humana. Es más, hasta la lógica y el lenguaje habrá que pensarlos como modos de acción humana.

El libro de Robert T. Pennock, filósofo de la Universidad Estatal de Michigan, se inscribe en esta corriente de atención a lo práctico: «Los artículos científicos son signos, indicadores de las pruebas, no pruebas por sí mismos» (pág. 227). Las pruebas (evidences) científicas están en el nivel de la acción, las obtienen las personas que hacen ciencia mientras experimentan con la naturaleza. Miremos, pues, hacia la Luna y no hacia el dedo que la señala. Miremos hacia la actividad de las personas que hacen ciencia antes que a los productos lingüísticos de dicha acción.

¿Qué vemos ahora? Según Pennock, vemos personas que persiguen ciertos valores. Uno de ellos, quizás el más importante, es el de la verdad empírica sobre el mundo natural. Al servicio de esta búsqueda, las personas que hacen ciencia desarrollan ciertas «virtudes vocacionales» (pág. xx), las cuales se estructuran en torno a una principal: la virtud de la curiosidad. De hecho, el autor caracteriza la ciencia como una forma de curiosidad sistemática. Pennock —quien no siempre distingue entre valores y virtudes— trata de hacer una reconstrucción racional, no de las teorías científicas, sino de la estructura moral de los científicos, su carácter y sus virtudes profesionales.

En torno a la virtud de la curiosidad (capítulos 1 y 2), que según el autor tiene un arraigo biológico y evolutivo, se estructura el carácter moral de la persona que hace ciencia. Y en conexión con la curiosidad van apareciendo otras virtudes cruciales para ella. Por ejemplo, la actitud escéptica y el aprecio de la objetividad (capítulo3) acaban institucionalizándose en la comunidad científica. La atención (attentiveness), en todos sus sentidos, incluidos los que tienen implicaciones emocionales (emotion of the intellect), forma también parte del juego de virtudes imprescindibles para hacer ciencia (capítulo 4). Asimismo, la disciplina es requisito para la investigación científica y, en conexión con ella, la meticulosidad, la paciencia y la perseverancia (capítulo 5), no menos que la humildad ante el dato empírico y el coraje intelectual (capítulo 6).

Para lograr su finalidad, es decir para edificar una virtue philosophy of science (pág. xv), Pennock se apoya en la teoría de las virtudes, de raíz aristotélica y que ha conocido una llamativa revitalización en las últimas décadas, tanto en el terreno ético como en el epistémico, con autores como Martha Nussbaum o Alasdair MacIntyre. También apela con insistencia al evolucionismo darwinista como explicación de las bases biológicas que permiten el desarrollo y asentamiento de los hábitos virtuosos. Se vale, además, de una metodología mixta, que incluye la tradicional reconstrucción racional mezclada con estudios de campo que aportan entrevistas a científicos. A través de ellas se evalúa la importancia relativa que estos conceden a determinados valores y virtudes, y se identifica el tipo de carácter que estiman idóneo para la práctica de la ciencia. No se ve, sin embargo, cómo estos datos sociológicos pueden contribuir a la intención normativa que el libro reconoce. Tampoco queda claro si las distintas fuentes de inspiración, desde Aristóteles a Darwin (¿y de vuelta?), pueden hacerse compatibles entre sí. En todo caso, el mero intento ya resulta inspirador y seguramente provechoso para el lector.

El libro de Pennock contiene también una intención abiertamente polémica y no solo propositiva. Propone una determinada filosofía de la ciencia, y lo hace para usarla como arma contra algunas de sus bestias negras: el relativismo posmoderno, la moda de la posverdad, el dogmatismo de los creacionistas... y finalmente el propio presidente Donald Trump, del cual el autor no parece ser muy partidario. Todo ello se ciñe a la coyuntura cultural y política estadounidense, a costa, eso sí, de una cierta pérdida de universalidad filosófica y de perdurabilidad del texto.

Mirando ya por encima de lo coyuntural, es quizás ingenuo creer que las virtudes vocacionales del científico, su deontología profesional, por así decirlo, puedan sanarnos a un tiempo del relativismo y del dogmatismo, como si la propia ciencia no cayese a veces en lo uno o en lo otro. Pennock resuelve la cuestión atribuyendo los males de la ciencia a la falta de virtud, a las prácticas viciadas que a veces se dan hasta en ella. También hay vicios científicos (capítulo 8), como la arrogancia, la indiferencia o la gula (gluttony) intelectual. Y es que hasta la virtud central de la curiosidad puede ser llevada al exceso. Superadas estas desviaciones indeseables, las virtudes propias de la vocación científica permitirán, en opinión de Pennock, establecer un diálogo fructífero entre la ciencia y la religión, siempre que esta no sea dogmática, así como entre la ciencia y las artes, siempre que estas esquiven el relativismo posmoderno (capítulo 7).

Con la búsqueda de un diálogo entre la ciencia y otros ámbitos de la vida humana, Pennock parece ponerse a salvo del cientificismo. Aunque quizá no lo logra del todo, ya que atribuye a la ciencia objetivos inequívocamente epistémicos. La pone al servicio de la verdad, mientras que la religión, las artes —incluida la literatura—, las humanidades en general o la filosofía responderían a objetivos no epistémicos. Como muestra, resulta muy significativo que Pennock asocie la ciencia a la curiosidad, y el arte, en cambio, a la creatividad. Con ello deja de reconocer los aspectos epistémicos del arte y los aspectos creativos de la ciencia, así como la peculiar posición de lo tecnológico. O mejor dicho, lo hace en algunos pasajes, pero siempre muy tímidamente, manteniéndose en los márgenes borrosos de un tibio cientificismo.

Lo mismo puede decirse en lo que respecta a la relación entre las virtudes científicas y las propias de toda persona en cuanto tal. Cuando reconoce que hasta la curiosidad científica puede ser llevada al exceso, debería mencionar a renglón seguido que solo la prudencia común identifica el justo medio. Pero la virtud de la prudencia tiene, en la economía de Pennock, un papel secundario, mientras que para Aristóteles ejercería como armonizadora de todas las demás virtudes, para evitar excesos y para eludir el fútil virtuosismo (es decir, la búsqueda de la virtud por la virtud misma).

Cierto es que el autor dedica el capítulo 9 a recordarnos que primero somos seres humanos y solo en segundo lugar científicos (quienes lo sean). La ciencia, aunque tenga sus propios fines, ha de ponerse al servicio de objetivos más amplios y primordiales; al servicio de las personas, del florecimiento humano. Esta tesis de Pennock no es cientificista, claro está. Pero la sensación de ambigüedad nunca acaba de desaparecer, pues el autor no decide si es el sentido común, la sensatez o la prudencia propia de toda persona lo que debe modular las virtudes vocacionales del científico, o si son estas las que han de reeducar a la humanidad.

En suma, se trata de un libro de muy alto interés para científicos y para filósofos. El autor maneja con maestría un amplio registro de recursos expositivos, con lo que consigue que el texto se lea con agrado. Concilia la filosofía de la ciencia con la teoría de las virtudes, y coloca la cuestión de la racionalidad científica en el terreno de lo práctico, lo cual resulta especialmente original en el ámbito anglosajón, aunque no tanto en el iberoamericano, donde se viene hablando de filosofía práctica de la ciencia desde hace al menos un par de décadas.

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