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Experiencias de la muerte inminente

Sobrevivir a un roce con la muerte puede dejar un legado duradero en la psique humana, y quizá nos ayude a entender cómo funciona el cerebro en situaciones límite.

BRIAN STAUFFER

En síntesis

Las experiencias cercanas a la muerte se producen cuando el organismo sufre una conmoción repentina, como un infarto de miocardio, un shock o un traumatismo a causa de una explosión o una caída.

Estas vivencias tienen varios rasgos en común: la ausencia de dolor, la visión de una luz brillante al final de un túnel o el abandono del cuerpo físico para flotar e incluso salir volando hacia el espacio exterior.

Sigue siendo un misterio por qué la mente, que lucha por continuar funcionando ante la privación de sangre y oxígeno, compone un cuadro de felicidad y bienestar en vez de infundirle pánico al individuo.

Ernest Hemingway, malherido de joven en un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial por la explosión de un proyectil, escribió en una carta a su familia: «Morir es algo muy sencillo. He visto la muerte y por eso lo sé. Si me hubiese muerto, me habría resultado muy fácil, lo más fácil que hubiese hecho jamás».

Años después, Hemingway adaptó esa experiencia (la del alma que abandona el cuerpo, huye y luego vuelve) para su famosa novela Las nieves del Kilimanjaro, sobre un safari africano que termina en desastre. El protagonista, con una pierna roída por la gangrena, sabe que va a morir. De repente, el dolor remite y aparece Compie, el aviador que ha de rescatarlo. Juntos despegan y atraviesan una tormenta torrencial en la que les parece «estar volando a través de una cascada», hasta que el aeroplano emerge de nuevo a la luz y ante ellos se yergue «la cima cuadrada del Kilimanjaro, ancha como el mundo entero; gigantesca, alta e increíblemente blanca bajo el sol. Entonces supo que era allí a donde iba». La descripción contiene elementos de una típica experiencia cercana a la muerte: la oscuridad, el fin del dolor, la salida a la luz y la sensación de paz.

Paz más allá de la razón

Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) se producen a raíz de un episodio que entraña un riesgo inminente de morir, como una fuerte contusión, un infarto de miocardio, la asfixia, el shock, etcétera. De cada diez pacientes en parada cardíaca en los hospitales, uno tiene una experiencia de este tipo. Miles de personas aseguran haber vivido algo estremecedor: abandonar el cuerpo maltrecho y encontrarse en un lugar más allá de la existencia terrenal, un reino liberado de los límites del espacio y el tiempo. En muchos casos, la experiencia mística es tan poderosa que induce una transformación permanente en la persona.

Las ECM no son caprichos de la imaginación. Tienen varios rasgos en común: dejar de sufrir dolor, ver una luz brillante al final de un túnel y otros fenómenos visuales, desprenderse del cuerpo y flotar por encima de él, e incluso salir volando hacia el espacio (experiencias extracorpóreas). Puede haber encuentros con seres queridos (vivos o muertos) o con espíritus celestiales como ángeles, un recuerdo proustiano o una revisión autobiográfica de lo bueno y lo malo («me pasó toda la vida por delante de los ojos») y una distorsión de la noción del tiempo y el espacio. Algunas de estas percepciones tienen una explicación fisiológica: por ejemplo, la visión en forma de túnel se estrecha progresivamente porque el flujo sanguíneo decae antes en la periferia de la retina, de modo que allí es donde primero se pierde la vista.

Las ECM pueden ser vivencias positivas o negativas. Se habla sobre todo de las primeras, caracterizadas por la sensación de una presencia arrebatadora, algo empíreo o divino. Una desconexión radical entre el deterioro físico y la sensación de paz y comunión con el universo. Pero no todas las ECM son agradables: algunas son aterradoras, marcadas por el miedo intenso, la angustia, la soledad y la desesperación.

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