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Rudolf Virchow, activista médico y social

El padre de la teoría celular fue también un gran reformador de la salud pública.

Rudolf Ludwig Karl Virchow, 1891. [Fotografía de J. C. Schaarwächter, Colección Wellcome. Attribution 4.0 International (CC BY 4.0)]

El siglo XIX fue decisivo para la renovación de la medicina. La fisiología, la teoría microbiana de algunas enfermedades, la vacunación, la afirmación de la teoría celular, la introducción de la anestesia y los cuidados basados en la asepsia cambiaron radicalmente la medicina, haciéndola más segura y científica. Asociados a estos avances se hallan nombres como los de Johannes Müller, Hermann von Helmholtz, Claude Bernard, Louis Pasteur, Robert Koch, Joseph Lister, Santiago Ramón y Cajal, Edward Jenner, Ignaz Semmelweis y Rudolf Virchow (1821-1902).

Virchow hizo de la fisiología patológica su principal hogar científico. Entre sus descubrimientos se encuentran los de la leucemia y la mielina, y realizó estudios experimentales fundamentales sobre la trombosis, la flebitis o la triquinosis. Como patólogo, para averiguar dónde residían los problemas, los males, en los tejidos de los órganos de los enfermos, Virchow basó sus trabajos en un viejo instrumento, el microscopio, que en el siglo XIX abrió nuevas puertas a la observación gracias a los avances técnicos que experimentó. Considerado el auténtico «padre» de la teoría celular, el lugar en el que presentó de manera completa sus ideas y resultados es uno de los grandes libros de la medicina del siglo XIX: Die Cellularpathologie in ihrer Begründung auf physiologische und pathologische Gewebelehre («La patología celular basada en la histología fisiológica y patológica»), publicado en 1858. Nadie antes que Virchow había defendido con tanta fuerza, y apoyándose en todo tipo de hechos, el papel central de la unidad celular en la vida. «Al igual que un árbol constituye una masa dispuesta de una manera definida», escribió allí, «en la que, en todas sus partes, en las hojas al igual que en las raíces, en el tronco al igual que en los brotes, se descubre que las células son los elementos últimos, así ocurre con todas las formas de vida animal. Todo animal se presenta como una suma de unidades vitales, cada una de ellas manifestando todas las características de la vida.»

 

Cartas al padre: la formación de Virchow

Natural de la pequeña ciudad de Schivelbein, que formaba parte de Pomerania (Prusia), la familia de Virchow no disponía de medios económicos suficientes para que su brillante hijo único pudiese estudiar una carrera universitaria. Sin embargo, existía una posibilidad: la escuela de medicina del ejército de Prusia, el Instituto Friedrich-Wilhelms de Berlín (también conocido como la Pépinière), fundado en 1795, proporcionaba educación gratuita (más un pequeño salario) a algunos alumnos destacados a cambio de que cuando finalizasen sus estudios se uniesen al ejército en calidad de médicos. Por cada año que los alumnos pasasen en el Instituto debían servir dos en el ejército prusiano. En consecuencia, después de completar un año como internos en el Hospital de la Charité y pasar los correspondientes exámenes, estaban obligados a ocho años de servicio militar. En 1839, Virchow superó el examen y en octubre entró en la Pépinière. Situado en el centro de Berlín, el Instituto estaba estrechamente asociado a la Facultad de Medicina de Berlín y a la Charité, la institución para la educación médica más antigua de Prusia (fue fundada en 1710).

Gracias a las cartas que el joven Virchow envió a su padre, Carl Christian Siegfried Virchow (1785-1865), es posible obtener datos sobre la formación del futuro patólogo y reformador médico. Así, en una carta fechada el 5 de diciembre de 1839, Rudolf le explicaba la dureza de las lecciones y prácticas de anatomía, una información que sirve para apreciar cómo eran estas enseñanzas en aquella época:

Por último, respondiendo a su tercera pregunta relativa a la disección de cadáveres, no hemos llegado a eso todavía. Como le escribí en mi última carta, asisto a las lecciones de anatomía todos los días de 2 a 3 de la tarde. Por supuesto, solo se utilizan para esto ejemplares frescos, ya que sería imposible mostrar los músculos (esto es, la carne del cuerpo humano) de un cuerpo que es viejo, seco o conservado en alcohol. A veces únicamente hay cabezas, otras brazos o piernas, un tronco cortado, parte de una espalda con un pierna o parte del pecho con un brazo; en resumen, todas las variaciones posibles. El problema es que los cadáveres ahora escasean. De los 150 estudiantes que se supone que deben diseccionar, solamente 70 pueden mantenerse ocupados durante la semana, y con mucha frecuencia entre 8 y 15 trabajan en un mismo cuerpo. Por el mismo motivo, incluso el profesor [Johannes] Müller no puede variar sus ejemplares con la suficiente frecuencia, sino que tiene que trabajar con el mismo el mayor tiempo posible. Actualmente tenemos lecciones de anatomía cada día de 7 a 8 de la mañana en el Instituto, y utilizamos las mismas muestras que ha empleado el profesor para su clase magistral del día anterior...

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