Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Vivir con la selva

Los pigmeos de la cuenca del Congo gozaban de una vida ufana, hasta que el progreso y los conservacionistas llegaron de la mano.

Gwanjenje, pigmea bayaka, elige un lugar para montar una nueva choza en el norte del Congo, en 1997. Los cazadores-recolectores se desplazan por la selva al ritmo de las estaciones. Cada mujer carga con todos los enseres y posesiones en una cesta. [NICO LEWIS]

En síntesis

Los pigmeos han poblado las selvas de la cuenca del Congo desde hace más de 55.000 años. Allí han sabido prosperar gracias a estrategias ecológicas y culturales elaboradas.

El desarrollo sostenible, encarnado en la combinación de actividades extractivas y zonas protegidas, ha abierto una red de carreteras y pistas que ha disparado el furtivismo.

Cuando la fauna y la flora comenzaron a sufrir las consecuencias, los conservacionistas contrataron «guardas» para contener a los furtivos, pero en lugar de eso, algunos se han dedicado a perseguir a los pigmeos, sembrando el hambre y la degradación.

Nuestro canto resuena en la negrura cerrada de la selva. Sentados casi a tocar unos de otros, la voz dibuja una melodía yodel que se superpone con las de los demás hasta crear una densa armonía. Al paso de las horas, todas se acaban fundiendo y nos sumergimos en el entramado humano y sonoro que hemos tejido. El cántico gana en intensidad y coordinación hasta que su musicalidad consigue que el yo se desvanezca. Creen los bayaka que tal esplendor atrae a los espíritus de la foresta hacia el campamento y los invita a unirse a nosotros. Flotan en derredor como puntitos de luz; se acercan y se retiran sucesivamente hacia la espesura, mientras sus tenues voces silban dulces tonadas que a veces se deslizan en la polifonía. Abrumados por la belleza que hemos creado, algunos gritan «¡Njoor!» (¡Madre mía!), «Bisengo» (¡Extraordinario!) o «¡To bona!» (¡Así, sin más!)

En esos momentos tiene uno la sensación de fundirse con la selva, de que los sentidos se expanden envolviendo a todo árbol, animal o ser humano cercano. Experimentar tal grandeza, como me ocurrió a mí durante mis estudios entre los pigmeos bayaka de la República del Congo, en la década de 1990, resulta profundamente conmovedor y traba un vínculo de amor y gozo con cada objeto y persona del entorno. Durante semejante «sesión espiritual», una forma de representación teatral de gran poder de inmersión, los bayaka se sienten en comunión directa con la selva, le comunican sus cuidados y atenciones y reafirman una profunda relación de apoyo y apego mutuos. Como dice mi amigo Emeka: «Un bayaka ama el bosque tanto como a su cuerpo».

Los bayaka observan unas reglas estrictas de caza y recolección. Recogen los ñames silvestres de tal modo que rebrotan de nuevo, nunca matan a sabiendas una hembra preñada y consumen todo lo que recogen. Durante milenios, su comportamiento y los de otras tribus pigmeas de la cuenca del Congo ha mejorado la productividad de la selva, lo cual no solo ha redundado en beneficio propio, sino en el de todos los demás moradores. Desconocen la palabra hambruna. Cuando una noche, reunidos en torno a una fogata, les expliqué que hay lugares donde la gente se muere de hambre, reaccionaron con escepticismo e incredulidad.

Con todo, aquella misma década de 1990, las instituciones internacionales como el Banco Mundial, en colaboración con Gobiernos nacionales y agencias conservacionistas, empezaron a implementar modelos de desarrollo sostenible en la cuenca del Congo. Dividieron la selva en grandes extensiones que destinaron a la explotación comercial y a otras actividades reservando «áreas protegidas» como refugios para la fauna y la flora. Conforme a la creencia de que la naturaleza se abre paso cuando no es perturbada por el ser humano, surgida de la mente de los legisladores estadounidenses del siglo XIX, los Gobiernos locales excluyeron a las tribus pigmeas de las reservas naturales.

Desde entonces observo cómo un ecosistema exuberante, rebosante de elefantes, gorilas, chimpancés, hiloqueros, monos y antílopes se va transformando en una selva depauperada a medida que los mercados nacionales e internacionales explotan los productos forestales. La población de paquidermos de África central disminuyó más del sesenta por ciento entre 2002 y 2011, descenso que no ha cesado. Los otrora activos, joviales y bien alimentados bayaka son ahora trabajadores eventuales, desnutridos y alcohólicos, que residen en los límites de sus antiguos dominios, atemorizados por los guardas y sometidos a la explotación laboral y sexual de extraños. Durante milenios prosperaron en la cuenca del Congo para sucumbir en solo unas décadas ante el ansia de recursos naturales de la civilización industrial y una estrategia colonial que pretende salvaguardarlos mediante la expulsión de los indígenas de sus tierras.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.