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  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 1991Nº 173

Fisiología

Congelados y vivos

Diversos animales se congelan durante los meses de invierno y se deshielan en primavera. Esta capacidad natural para sobrevivir a la congelación puede servirnos de guía para abordar la criopreservación de tejidos humanos.

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Cuando el mercurio desciende por debajo de los cero grados Celsius, nos refugiamos en nuestros cálidos hogares, nos protegemos con afelpados anoraks si hemos de salir a la calle y pensamos en lo bien que nos vendrían unas vacaciones en algún lugar tropical. No abundan los animales que siguen activos durante los meses de invierno. Las aves han volado hacia el sur; muchos animales de hábitos terrestres hibernan en madrigueras o en el fondo de los lagos, si acuáticos. Pero, ¿qué les ocurre a los animales ectotérmicos, o de sangre fría (ranas y tortugas, escarabajos y arañas), que no pueden encontrar refugio medianamente cálido? ¿Cómo resisten cuando la temperatura cae por debajo del punto de congelación de sus fluidos corporales? Algunas especies evitan la congelación mediante cambios bioquímicos en su cuerpo. Curiosamente, otras muchas reaccionan congelándose para sobrevivir.

Cientos de especies de insectos terrestres sobreviven tras largos períodos de congelación invernal. Por citar casos extremos, ciertos insectos que viven en pleno Artico, como las orugas del oso lanudo (Gynaephora groenlandica), pasan 10 meses del año congeladas a temperaturas que descienden a 50 grados centígrados bajo cero o incluso inferiores. Varios animales invertebrados que colonizan la zona intermareal de las costas marinas septentrionales, como bellotas de mar, mejillones y bígaros, se congelan también cuando se hallan expuestos a temperaturas del aire bajo cero en marea baja. Para los propósitos de nuestro laboratorio de la Universidad de Carleton en Ottawa, reviste mayor interés un grupo de anfibios y reptiles que sobreviven a la congelación durante su hibernación.

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