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1 de Noviembre de 2019
Economía

Corrupción contagiosa

La trampa engendra nuevas trampas, propagándose con rapidez el comportamiento inmoral por toda la sociedad.

LISK FENG

En síntesis

La corrupción daña las economías, las instituciones y las estructuras democráticas.

La exposición al soborno puede en sí misma corromper, lo que hace pensar en un mecanismo que favorece la propagación del comportamiento no ético por toda la sociedad.

Las normas sociales influyen en la conducta ética. De modo sorprendente, la tendencia individual innata a hacer trampa (o a no hacerla) es la misma en todos los países, con independencia de las enormes diferencias de corrupción que se registran entre ellos.

Hacen falta nuevas investigaciones sobre qué provoca el soborno y la corrupción, cómo se propagan y cómo pueden controlarse.

Supongamos que acudimos a nuestro ayuntamiento para solicitar un permiso de obra para renovar la casa. La empleada que recoge el formulario nos informa de que, debido al exceso de solicitudes, tardarán hasta nueve meses en gestionar el permiso, pero que si le ofrecemos 100euros colocará nuestra solicitud entre las primeras. Nos está pidiendo que hagamos un soborno: un pago ilegal para obtener un trato preferente. Probablemente nos surjan varias preguntas: ¿deberíamos pagar para acelerar el trámite? ¿Alguno de nuestros amigos o familiares lo haría? Pero a buen seguro no nos plantearemos si el hecho de haber recibido esta petición influirá en nuestras futuras decisiones éticas. Tal es la cuestión que los estudiosos del comportamiento investigan para saber el modo en que se propaga la corrupción.

Es difícil calcular lo extendida que está la costumbre de sobornar, pero estimaciones del Banco Mundial apuntan a que las bolsas de corrupción ascienden a casi un billón de euros anuales. Según un estudio de 2018 de la organización Transparencia Internacional, más de las dos terceras partes de los 180 países analizados puntuó menos de 50 en una escala de 0 («muy corrupto») a 100 («muy honesto»). Los grandes escándalos suelen ocupar los titulares de todo el mundo, como el de la empresa de construcción brasileña Odebrecht, que en 2016 admitió haber pagado casi 700 millones de euros en sobornos a políticos y burócratas de 12 países. Pero la corrupción menor, el intercambio de pequeños favores entre algunas personas, también es muy común. El barómetro de corrupción mundial de Transparencia Internacional de 2017 muestra que uno de cada cuatro de los entrevistados declaró haber pagado un soborno para acceder a algún servicio público en el año previo, y que uno de cada tres de esos pagos se realizó en Oriente Medio o África del Norte.

La corrupción, grande o pequeña, impide el desarrollo socioeconómico de los países. Afecta a la actividad económica, debilita las instituciones, obstaculiza la democracia y erosiona la confianza de los ciudadanos en los funcionarios, en los políticos y en sus vecinos. Entender la psicología que subyace al soborno podría resultar crucial para abordar el problema. Lo inquietante es que, según nuestros estudios, la sola exposición a la corrupción corrompe. A menos que se tomen medidas preventivas, la falta de honestidad puede transmitirse de una persona a otra como una epidemia, de manera imperceptible y sin desearlo, erosionando las normas y la ética sociales; y la cultura de la trampa y la mentira, una vez arraiga, resulta difícil de extirpar.

Contagio

Supongamos que rechazamos la petición de soborno de la empleada del ayuntamiento. ¿Nos va a influir esa experiencia en un futuro dilema ético? En los estudios de laboratorio que realizamos con los investigadores del comportamiento Vladimir Chituc, Aaron Nichols, Heather Mann, Troy Campbell y Panagiotis Mitkidis, que se hallan en fase de revisión en una revista académica, hemos intentado responder a esta pregunta.

En el laboratorio de la universidad reunimos a un grupo de voluntarios y les propusimos el juego de lanzar un dado virtual y recibir una recompensa. A todos se les dijo que el premio dependía del resultado de varias tiradas. Sin embargo, en la práctica podían mentir acerca de ese resultado para ganar más dinero. Por tanto, todos los participantes se encontraron con el conflicto de jugar siguiendo las reglas o de engañar para obtener más beneficios. Utilizamos ese ardid para evaluar cómo sopesan los individuos las recompensas externas e internas (o psicológicas) cuando toman decisiones éticas. La investigación que Nina Mazar, On Amir y uno de nosotros (Ariely) publicamos en 2008 indica que la mayoría se salta la ética solo hasta un punto en el que el beneficio les permite mantener una imagen moral de sí mismos, una observación que describimos como la teoría del mantenimiento del autoconcepto.

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