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1 de Noviembre de 2019
Psicología

Ilusiones y sesgos cognitivos

Conocer los errores que comete nuestra mente nos ayuda a tomar mejores decisiones y a protegernos de posibles manipulaciones.

ARIADNA GEA

En síntesis

Nuestra mente comete errores sistemáticos sin que nos demos cuenta. Es víctima de factores que distorsionan nuestra interpretación del mundo, como el sesgo de familiaridad o la ilusión de causalidad.

Estos fallos se hallan en la base de fenómenos como el movimiento antivacunas, el negacionismo climático y la desinformación política a través de Internet.

Ser conscientes de este tipo de vulnerabilidades psicológicas fomenta el escepticismo y nos protege de posibles engaños y manipulaciones.

Son muchos, y muy importantes, los problemas que aquejan en la actualidad a nuestra sociedad y que tienen que ver con las vulnerabilidades de la mente humana. Problemas serios y nada despreciables relacionados con la salud pública, como el movimiento antivacunas, el abuso de los antibióticos y la exaltación de las pseudociencias, son algunos ejemplos. En otros ámbitos tenemos el negacionismo del cambio climático o la desinformación y desestabilización política a través de las redes sociales. Todos estos fenómenos tienen una cosa en común: se nutren de los sesgos y errores de nuestro aparato cognitivo.

Las personas estamos continuamente dando forma al mundo. Vivimos rodeados de información incierta y parcial, que debemos organizar, en función de lo que ya sabemos, para predecir lo mejor posible el mundo que nos vamos encontrando y adaptarnos a él. Pero puede que la forma en la que editamos los recuerdos esté sesgada por nuestras preferencias políticas y caigamos en la ilusión de que nuestro partido favorito está haciendo bien las cosas cuando los datos no lo avalan. O puede que nuestra estimación de si existe o no relación causal entre unas hierbas que estamos tomando y la remisión de los síntomas de una enfermedad esté también sesgada por nuestras creencias y concluyamos que esas hierbas nos curan, aunque ello no sea cierto. Así pues, comprender cómo funcionan estos errores de la mente se convierte en algo absolutamente necesario para poder combatir muchos de los problemas que afectan a nuestra sociedad.

¿Realidad o ilusión?

Los sesgos cognitivos son errores sistemáticos que cometemos todos, en nuestros razonamientos, nuestra atención, la memoria, la percepción del mundo y la manera de dar sentido a lo que nos rodea. Nuestra manera de aprender, de buscar información, de recordar y de editar los recuerdos está también sujeta a sesgos cognitivos.

Pero estos errores de la mente no son aleatorios, sino predecibles. Podemos provocarlos los investigadores en el laboratorio de manera controlada para fines científicos y sin consecuencias serias para los voluntarios que se prestan a participar en los experimentos —en todo caso, con consecuencias positivas cuando el objetivo es enseñar a los usuarios a reducir sus sesgos y errores—. Pero también pueden provocarlos las empresas de publicidad, las redes sociales y las grandes plataformas de Internet a través de sus algoritmos de inteligencia artificial, que a menudo son diseñados con el propósito de sacar provecho de estos sesgos. En estos casos de explotación de los errores cognitivos con fines no científicos, las consecuencias para los usuarios pueden ser graves.

Para explicar lo que es un sesgo cognitivo, me gusta utilizar la metáfora de una brújula. Si estuviera estropeada o rota, sin más, cometería errores aleatorios: un día nos llevaría hacia el norte, otro día hacia el sur. Probablemente nos daríamos cuenta enseguida de que algo va mal. Pero si la brújula estuviera sesgada, los errores serían sistemáticos. Si lo estuviera hacia el noroeste, nos acabaría llevando siempre en esa dirección. No nos llevaría al azar, sino siempre en una dirección errónea concreta y de manera consistente. Y estos errores son más difíciles de detectar. Podemos no darnos cuenta nunca, pensar que el norte está allí donde nos indica nuestra brújula sesgada. Si no somos un poco escépticos y no ponemos la brújula a prueba, es fácil que no nos demos cuenta del fallo hasta que sea demasiado tarde y nos hallemos ante un error de mayores consecuencias.

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