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1 de Noviembre de 2019
Filosofía de la ciencia

La lógica de la creatividad científica

El falibilismo y la abducción de Charles S. Peirce.

GETTY IMAGES/GEORGE PETERS/ISTOCK

Durante décadas, la figura y el pensamiento del científico y filósofo estadounidense Charles S. Peirce (1839-1914) estuvieron prácticamente relegados al olvido. Pero desde finales del siglo pasado hay un estallido de interés en sus valiosas contribuciones, que están adquiriendo una relevancia creciente en muy distintas áreas. Christopher Hookway, experto en la obra de Peirce, lo define como un filósofo tradicional y sistemático, pero que, al mismo tiempo, abordaba los problemas modernos de la ciencia, la verdad y el conocimiento desde una valiosa experiencia personal como lógico e investigador experimental en el seno de la comunidad científica internacional. Es así. Pero me parece todavía más certero considerar a Peirce como un filósofo que, después de un tedioso trabajo de observación e investigación científicas y de un concienzudo estudio de la historia de la ciencia y de la filosofía, se propuso desentrañar cuál era realmente la lógica de la ciencia, la lógica de la práctica científica.

El pensamiento de Peirce estuvo marcado por el pragmatismo. Esta doctrina, que nació como un método lógico para esclarecer conceptos y que llegó a convertirse en la corriente filosófica más importante en Norteamérica durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, ha vivido una reciente eclosión gracias al trabajo de Hilary Putnam, Richard Rorty y Susan Haack [véase «El mundo de las pruebas. La filosofía de la ciencia de Susan Haack», por Ana Luisa Ponce Miotti; Investigación y Ciencia, noviembre de 2017].

La clave de la filosofía de la ciencia de Peirce es el falibilismo, esto es, el reconocimiento de que una característica irreductible del conocimiento humano es la falibilidad: Errare hominum est. A su juicio, la búsqueda de fundamentos inconmovibles para el saber humano, típica de la modernidad, ha de ser reemplazada por una aproximación experiencial y multidisciplinar que puede parecer más modesta, pero que, a la larga, será mucho más eficaz, tal como ha mostrado la propia historia de la ciencia. El falibilismo no es una táctica, sino más bien el resultado del método científico ganado históricamente. Además, el falibilismo es intrínsecamente social: el investigador forma siempre parte de una comunidad a la que contribuye con sus aciertos e incluso con sus fracasos, pues estos sirven a otros para llegar más lejos que él hasta completar el asalto de la ciudadela de la verdad trepando sobre los cadáveres de las teorías y experiencias fallidas.

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