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1 de Noviembre de 2019
Política científica

Sin ciencia no hay innovación

La desaparición de las áreas de Educación e Investigación de la nueva Comisión Europea perjudica la ciencia y, de rebote, la innovación.

GETTY IMAGES/KONSTANTIN_VORONOV/ISTOCK (lámpara); GETTY IMAGES/FLOWGRAPH/ISTOCK (bandera)

El organigrama de la nueva Comisión Europea, presentado recientemente por la presidenta electa Ursula von der Leyen, ha indignado a la comunidad científica, que ha reaccionado masivamente solicitando su inmediata modificación. El motivo de tal protesta ha sido que dos grandes áreas hasta ahora prioritarias, Educación e Investigación, han desaparecido del organigrama, lo cual significa que dejarán de ocupar el máximo nivel de interés en la toma de decisiones de la nueva Comisión.

Las competencias de los anteriores comisarios de Investigación, Ciencia e Innovación y de Educación, Cultura, Juventud y Deporte han sido reabsorbidas y fusionadas en una única cartera denominada Innovación y Juventud, que estará dirigida por Mariya Gabriel.

Más allá de las consideraciones semánticas asociadas a la actual moda política de preferir las etiquetas concisas y «modernas» (innovación, juventud) a la precisión del «viejo» lenguaje (investigación, educación), el nuevo organigrama evidencia un peligroso cambio de prioridades en la política europea que lleva ya varios años gestándose. Se enfatizan los criterios economicistas, como la obtención de resultados a corto plazo que tengan un impacto social y retorno financiero, frente a las motivaciones puramente científicas.

Este enfoque no solo representa un ninguneo de la investigación científica más básica y un menosprecio del papel que esta ejerce en el desarrollo económico y social, sino que ignora las bases fundamentales del auténtico proceso innovador: sin educación e investigación no es posible la innovación. Los temores se han visto confirmados en la presentación de la nueva comisaria frente al Parlamento Europeo, muy focalizada en los «retos sociales y económicos». Sus escasas menciones al Consejo Europeo de Investigación (ERC), la entidad que financia los proyectos científicos más prestigiosos y competitivos, fueron solo para sugerir una mayor involucración del ERC en la innovación.

Las nuevas prioridades políticas se están poniendo también de manifiesto en el ambicioso programa Horizonte Europa, la mayor apuesta europea para financiar la ciencia y la innovación durante el período 2021-2027. El presupuesto del programa, reforzado inicialmente a instancias del Parlamento Europeo, está siendo sometido ahora a fuertes presiones por parte de algunos Gobiernos, que quieren reducirlo. Un somero análisis de la distribución presupuestaria muestra que la investigación denominada «excelente» representa solo un 24% (un 15% corresponde al ERC y un 6% al programa de becas Marie Curie), mientras que el 52,7% de la financiación se destina a la investigación «orientada», o aplicada, lo que constituye el segundo pilar del programa, denominado «Retos globales y competitividad industrial». El resto del presupuesto se dedicará a defensa europea (13%), a la creación de un nuevo Consejo Europeo de Innovación que financiará las empresas emergentes (start-ups) y las ideas comerciales innovadoras (13,5%), y a otras partidas (2,1%).

La respuesta a tal situación ha dado lugar a la iniciativa #futureofresearch (http://www.futureofresearch.eu), en la que más de 12.000 científicos, incluidos 19 premios nóbel y los representantes de las principales instituciones científicas de la Unión Europea, exigimos que las áreas de Educación e Investigación vuelvan a estar representadas al máximo nivel en la Comisión.

Como argumento en contra de la deriva economicista, basta recordar el modo en que se han producido las innovaciones más revolucionarias de la historia. Un buen ejemplo lo ofrece el electromagnetismo, que supuso el ingrediente fundamental de todo el desarrollo económico y social del siglo XX. Las grandes ciudades del siglo XIX estaban iluminadas por lámparas de gas, el cual, obtenido a partir del carbón, provocaba graves problemas de contaminación. Cualquier político o economista de la época consideraría prioritario crear lámparas de gas más eficientes y menos contaminantes. Sin embargo, la verdadera innovación se originó en un laboratorio científico donde el físico inglés Michael Faraday, experimentando con imanes y bobinas, descubrió la inducción magnética y desarrolló los primeros dispositivos electromagnéticos que más tarde darían lugar a los generadores y motores eléctricos. Cuentan que el ministro inglés de finanzas preguntó si la electricidad tenía algún valor práctico. «Señor, algún día podrá gravarla con impuestos», fue la respuesta contundente de Faraday.

Basándonos en ese ejemplo, hoy podríamos preguntarnos: ¿queremos identificar y apoyar a los Faraday del siglo XXI? ¿O nos conformaremos con priorizar la mejora de nuestras «lámparas de gas»?

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