La más ancha de las bandas anchas

Nuevas técnicas auguran un menor coste para conectar los hogares con fibra óptica, el medio definitivo para la transmisión de datos.
La fibra óptica ha reemplazado a los cables metálicos en los tendidos primarios de casi todas las compañías telefónicas -locales y de larga distancia-, las operadoras de televisión por cable y las empresas proveedoras de servicios. ¿Por qué, pues, no prolongar las líneas de fibra óptica hasta los hogares de los usuarios? Con ello se eliminaría el cuello de botella del último kilómetro, que constriñe el acceso a Internet y a otros servicios. En los actuales sistemas de fibra doméstica, los clientes pueden descargar datos a velocidades de hasta 100 millones de bits por segundo (las futuras redes de fibra óptica superarán estas prestaciones), que decuplica de largo la celeridad de las transmisiones actuales por cable metálico. La capacidad de la fibra óptica es tal, que puede gestionar todo tipo de señales de comunicación simultáneamente; así, por la fibra que llega al usuario podría transmitirse el teléfono, la televisión, videoconferencias, películas a la carta, teletrabajo y tráfico de Internet.
Hasta hace poco, el principal obstáculo que se oponía a la implantación doméstica de la fibra residía en su precio prohibitivo. Es muy caro reservar una o dos líneas de fibra a cada consumidor, junto con la electrónica necesaria en cada extremo para transmitir y recibir las señales ópticas. La factura de la instalación completa asciende ahora a unas 250.000 pesetas, la mitad de cuya cifra se la lleva la electrónica; diez años atrás, importaba unas 750.000 pesetas, y sigue bajando con el avance de la técnica de la fibra. Pero es todavía más alta, en la mayoría de los casos, que el precio de conectar una casa equiparable con cable metálico.

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