El distanciamiento social en los animales

Langostas, aves y algunos primates utilizan con frecuencia el distanciamiento social para evitar el contagio, una conducta que a nosotros nos cuesta poner en práctica.

RIESGO RELATIVO: Las mangostas rayadas dependen enormemente de la cooperación grupal, por lo que acicalan tanto a los animales enfermos como a los sanos de su grupo. [MIKE HILL, GETTY IMAGES]

En síntesis

A pesar de lo antinatural que nos pueda parecer el distanciamiento social, este forma parte del mundo natural y lo practican mamíferos, peces, insectos y aves.

Los animales sociales se alejan y modifican los comportamientos, como el acicalamiento, para detener la propagación de enfermedades que podrían causarles la muerte.

Las estrategias van desde evitar al animal enfermo hasta mantener interacciones solo con los parientes más cercanos.

En un arrecife poco profundo de los cayos de Florida, una joven langosta espinosa regresa después de pasar toda la noche buscando apetitosos moluscos y entra en su estrecha madriguera. Las langostas suelen compartir grietas rocosas, y esta noche ha entrado una nueva inquilina. No obstante, hay algo de la recién llegada que no pinta bien. Su orina huele diferente. Contiene sustancias que las langostas segregan cuando se han infectado con un virus contagioso llamado virus 1 de Panulirus argus (PaV1), y ello pone en alerta a la langosta que acaba de regresar de su ronda nocturna. A pesar de lo difícil que es dar con una madriguera como esta, tan bien protegida de los depredadores, el joven animal se da la vuelta y se marcha a aguas abiertas alejándose del virus mortal.

La respuesta de la langosta a la enfermedad, observada tanto en experimentos de campo como en el laboratorio, nos resulta muy conocida entre los humanos este año: el distanciamiento social. Hemos suprimido los contactos estrechos con la familia y los amigos para reducir la propagación de la COVID-19. Está siendo muy duro. Y muchos cuestionan su necesidad. Sin embargo, aunque nos parezca algo antinatural, el distanciamiento social se practica en la naturaleza. Además de las langostas, especies tan diferentes como monos, peces, insectos y aves detectan y se alejan de sus semejantes enfermos.

Este tipo de comportamiento está extendido porque contribuye a la supervivencia de los animales sociales. Aunque el hecho de vivir en grupo les hace más fácil capturar presas, permanecer calientes y evitar a los depredadores, también favorece la propagación de las enfermedades contagiosas. (Pregúnteselo, por ejemplo, a cualquier persona con algún hijo en la guardería.) El aumento de este riesgo ha promovido la evolución de comportamientos que ayudan a evitar la infección. Los animales que se alejan socialmente durante un brote son los que tienen más probabilidades de seguir con vida. Eso, a su vez, incrementa sus posibilidades de tener descendientes, que también practicarán el distanciamiento social cuando se enfrenten a una enfermedad. Tales acciones son lo que en ecología de enfermedades llamamos «inmunidad por comportamiento». Los animales silvestres no tienen vacunas, pero pueden evitar los contagios actuando de distintas formas.

No obstante, la inmunidad mediante el comportamiento también acarrea costes. El distanciamiento, aunque sea temporal, implica la pérdida de los numerosos beneficios que se derivan de un modo de vida social. Por esta razón, los investigadores han descubierto que la evitación es solo una de las diversas opciones por las que optan los animales. Algunas especies sociales permanecen juntas cuando los miembros se han infectado, pero, por ejemplo, modifican ciertas interacciones de acicalamiento; otras, como las hormigas, limitan los encuentros entre los individuos que desempeñan una función esencial en la colonia, todo ello para reducir el riesgo de infección.

El sacrificio vale la pena

La capacidad de las langostas espinosas a la hora de detectar y evitar a los miembros del grupo que están infectados ha sido fundamental en su supervivencia frente a la amenaza del virus PaV1, que mata a más de la mitad de las langostas jóvenes que infecta. Estas son una elección fácil para el virus, ya que son muy sociales y, a veces, se resguardan en la misma madriguera en grupos de hasta veinte individuos. Los refugios seguros que suponen las esponjas, los corales o las grietas rocosas a lo largo del lecho oceánico, además de la gran concentración de pinzas mordedoras, ayudan al grupo a defenderse de depredadores hambrientos, como el pez ballesta. No obstante, a principios de la década de 2000, Don Behringer, de la Universidad de Florida, y sus colaboradores observaron que algunas langostas jóvenes se refugiaban solas, aunque eso las hiciera más vulnerables. Descubrieron que la mayoría de estas langostas solitarias estaban infectadas con el virus contagioso. Pero parecía que no habían elegido refugiarse solas, sino que las habían rechazado. Para confirmar esta suposición, colocaron diversas langostas en tanques de acuario y permitieron que otras que estaban sanas eligieran una madriguera artificial vacía o una ocupada por una langosta, que podía estar sana o enferma.

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