El problema con nuestra dentadura

Los dientes humanos están apiñados, torcidos y plagados de caries. No ha sido siempre así.

Las muelas del juicio no pueden erupcionar bien cuando la mandíbula es demasiado corta, como ocurre en los niños que toman alimentos más fáciles de masticar que aquellos para los que nos ha preparado la evolución. [C-Dental X–Ray, Inc.]

En síntesis

Los problemas dentales como el apiñamiento y la caries son muy comunes en la especie humana. En cambio, no lo son en otros mamíferos ni lo fueron en nuestros antepasados fósiles.

La dentadura evolucionó durante millones de años para ser increíblemente dura y estar alineada con precisión para masticar con eficiencia. Todo eso funciona bajo ciertas condiciones bucales.

Nuestras afecciones dentales obedecen ante todo al cambio en el entorno bucal motivado por el consumo de alimentos más blandos y azucarados que los que ingerían nuestros ancestros.

La escena que presencié mientras aguardaba a mi hija en la sala de espera del dentista me recordó a una cadena de montaje. Los pacientes entraban, uno tras otro, resignados a perder sus terceros molares. Todos salían con un vendaje alrededor de la cabeza, perfectamente ajustado, que sujetaba una bolsa con hielo e invariablemente llevaban consigo una camiseta de regalo, un folleto con instrucciones para el cuidado en casa y recetas para antibióticos y analgésicos.

Hoy en día la extracción de las muelas del juicio es casi un rito iniciático a la edad adulta en Estados Unidos. Pero, desde mi punto de vista, esta suerte de tradición no tiene mucho sentido. Como biólogo evolutivo y antropólogo dental, he estudiado durante 30 años las dentaduras del ser humano y sus antepasados, amén de las de innumerables animales. Nuestros problemas dentales no son normales. La mayoría de los vertebrados no los padece: rara vez presentan dientes torcidos o cariados. En los fósiles de nuestros antepasados no encontramos muelas del juicio retenidas y los indicios de periodontitis son excepcionales.

De hecho, la dentadura del ser humano moderno es una profunda contradicción. Es la parte más dura del cuerpo y, a la vez, es increíblemente frágil. En el registro fósil, los dientes se conservan por espacio de millones de años, pero parece que los nuestros no son capaces de durar una vida. Gracias a ellos, nuestros antepasados dominaron el mundo viviente, pero en cambio nosotros hemos de cuidarlos a diario para mantenerlos en buen estado. Esta contradicción es nueva, afecta a las poblaciones contemporáneas y se remonta, básicamente, a la época industrial. La razón es la discordancia entre la alimentación actual y aquella para la que están preparadas nuestra dentición y nuestras mandíbulas. Los paleontólogos hace tiempo que saben que la dentadura está profundamente arraigada en la historia evolutiva. Y ahora, los investigadores clínicos y los odontólogos comienzan a ser conscientes de ello.

Orígenes remotos

Los biólogos evolutivos se maravillan ante el ojo humano, que califican como un «diseño prodigioso». A mi parecer, el diente no tiene nada que envidiarle. Tritura millones de veces a lo largo de la vida sin romperse y lo hace pese a estar fabricado
con los mismos componentes de que están hechos los alimentos. Los ingenieros tienen mucho que aprender de él. Esa resistencia extraordinaria deriva de su ingeniosa estructura, que le confiere la dureza y la fortaleza necesarias para impedir la aparición y la extensión de las grietas. Ambas virtudes son el fruto de la combinación de dos componentes: una capa externa de esmalte, compuesta casi por entero de fosfato cálcico, que recubre una capa interna de dentina, provista de fibras orgánicas que la dotan de flexibilidad.

Ahora bien, la verdadera magia ocurre a escala microscópica. Piense en un espagueti seco que se quiebra si se dobla. Imagínese miles de ellos juntos. El esmalte está formado por cristales que son como esos espaguetis, cada uno con el grosor de una milésima parte de un cabello, que, agrupados, conforman unas varillas, llamadas prismas. A su vez, estos forman haces, decenas de miles por milímetro cuadrado, que constituyen la cubierta de esmalte. Los haces están dispuestos en paralelo, desde la superficie del diente hasta la dentina subyacente, pero se retuercen y entrelazan sinuosamente durante todo el trayecto, lo que les dota de una durabilidad asombrosa.

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