Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

El sexismo y el racismo persisten en la ciencia

Nos engañamos si creemos que el sistema se corregirá mágicamente a sí mismo.

JAY BENDT

En ciencia, los ánimos están caldeados porque se ha iniciado un debate, largo tiempo esperado, sobre cómo se trata a las mujeres y a las personas de razas minoritarias. En junio, miles de investigadores y académicos de todo el mundo, además de las destacadas publicaciones Science y Nature, dejaron de trabajar durante un día para protestar contra el racismo existente en sus ámbitos. La Sociedad Estadounidense de Física apoyó la iniciativa y mostró su compromiso con «la erradicación del racismo y la discriminación sistémicos» en la ciencia.

Un buen ejemplo de esta exclusión lo encontramos en la física. Los afroamericanos suponen un 14 por ciento de la población estadounidense en edad universitaria, una proporción similar a la que representan en la población total del país, pero, en física, obtienen entre un 3 y un 4 por ciento de títulos universitarios, menos de un 3 por ciento de doctorados, y en 2012 suponían solo el 2 por ciento del profesorado. Sin duda, hay muchas razones que explican esta baja representación, pero un factor preocupante es el rechazo de algunos científicos a reconocer, al menos, que existe este problema. La ciencia, defienden, es inherentemente racional y se corrige a sí misma.

Ojalá fuera cierto. La historia de la ciencia está plagada de casos bien documentados de misoginia, prejuicios y sesgos. Durante siglos, los biólogos fomentaron falsas teorías sobre la inferioridad de las mujeres, y las instituciones científicas prohibieron su participación en ellas. La historiadora de la ciencia Margaret Rossiter ha documentado cómo, a mediados del siglo XIX, las investigadoras crearon sus propias sociedades científicas para compensar el rechazo de sus colegas varones a reconocer su trabajo. Sharon Bertsch McGrayne llenó un volumen entero con las historias de mujeres que deberían haber recibido el premio Nobel por un trabajo que hicieron en colaboración con colegas varones —o, peor, que se lo robaron—. (Un ejemplo bien documentado es el de Rosalind Franklin: uno de los hombres que luego ganó el premio Nobel por esclarecer la estructura de doble hélice, utilizó, sin permiso, las fotografías que hizo ella de la estructura del ADN.) El sesgo racial ha sido igual de pernicioso, al menos, que el sesgo de género; después de todo, fueron los científicos quienes crearon el concepto de raza como una categoría biológica que no era simplemente descriptiva, sino jerárquica.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.