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Carne de laboratorio

A partir de una placa de Petri, varios científicos se proponen satisfacer el creciente consumo de carne sin agotar el planeta.

emily cooper

La vehemencia en el debate y la exaltación de las ideas resulta común entre visionarios. Willem van Eelen no es una excepción. A sus 87 años puede evocar una vida extraordinaria. Nació en Indonesia cuando ese país se hallaba todavía bajo control holandés. Su padre, médico, dirigía una leprosería. Con menos de 20 años luchó contra los japoneses en la Segunda Guerra Mundial y estuvo varios años cautivo en campos de prisioneros. Los japoneses los utilizaban como esclavos y los mataban de hambre. «Si algún perro perdido cometía la imprudencia de colarse por la alambrada, los prisioneros se le echaban encima, lo despedazaban y se lo comían crudo», recuerda. «En aquellos tiempos, quien mirara mi estómago podía ver el espinazo. Ya estaba muerto.» La experiencia sufrida desencadenó en él una obsesión de por vida hacia la comida, la nutrición y la ciencia de la supervivencia.

De una obsesión a otra. Liberado por los Aliados, van Eelen estudió medicina en la Universidad de Ámsterdam. Un profesor enseñó a los alumnos una muestra de tejido muscular que había hecho crecer en el laboratorio. Esa demostración le inspiró la idea de «cultivar» carne comestible sin necesidad de criar ni sacrificar animales. Se imaginó un alimento rico en proteínas que se obtuviera sin depender del clima o de otras circunstancias ambientales.

Esa idea tiene hoy más vigor que nunca. En 1940, la población apenas superaba los 2000 millones de individuos y el calentamiento global no constituía por entonces un motivo de preocupación. En nuestros días, el planeta soporta una población humana tres veces mayor. Según un informe de la FAO de 2006, la ganadería supone casi el 18 por ciento de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, un porcentaje superior al atribuido al sector del transporte. La misma organización estima que el consumo mundial de carne entre 2002 y 2050 casi se duplicará.

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