Ciencia y ética en el caso de He Jiankui

Un documentado testimonio de la historia que hizo saltar todas las alarmas bioéticas de la edición genómica.

CRISPR People: The science and ethics of editing The human genome. Henry T. Greely

 

CRISPR PEOPLE. THE SCIENCE AND ETHICS OF EDITING THE HUMAN GENOME
Henry T. Greely
MIT Press, 2021
400 págs.

No han transcurrido ni diez años desde que aparecieron los primeros trabajos sobre el uso del sistema CRISPR en edición genética, una historia que Henry T. Greely trenza a través del caso He Jiankui y su experimento sobre modificación de embriones humanos. Bioético y jurista de profesión, Greely nos ofrece en CRISPR people un libro documentado, preciso y sin concesiones a lo anecdótico, pese a estar redactado a menudo en primera persona dada su participación en los hechos narrados. Fiscal unas veces por su exhaustiva inquisición de todas las caras del poliedro, juez en otras con las pruebas sopesadas, Greely aplica una fina criba científica, jurídica y ética a un experimento que epitomiza el presente y futuro de la edición genómica humana de la línea germinal.

El 25 de noviembre de 2018, los pilares de la ciencia y de la ética asociada a su avance se tambalearon. Un joven investigador chino formado en EE.UU., con cuya comunidad científica seguía estrechamente relacionado, declaró que un mes antes habían nacido dos gemelas a partir de sendos embriones cuyo ADN había sido manipulado antes de implantarlos en el útero materno. Aquellas gemelas fueron los primeros humanos cuyos genes habían sido editados en su línea germinal, con lo que los cambios pasarían también a su progenie. Ni con la clonación de la oveja Dolly en 1996, con la que se comparó en seguida el suceso, ocurrió algo similar.

¿Qué significado encerraba todo aquello para la ciencia y para la misma especie humana? Greely analiza qué se hizo, cómo se hizo y de qué manera reaccionó la sociedad ante esa intervención sin precedentes en el genoma humano. En el área de la salud, la investigación básica ha venido aplicando técnicas de biología molecular para descifrar todo tipo de incógnitas. Por su lado, la praxis clínica ha recurrido a dichas técnicas para tratar enfermedades o prevenirlas. Se han dado pasos importantes en la elucidación del papel de la genética en la anemia falciforme, la distrofia muscular, la fibrosis cística, la sordera o la ceguera. Hay más de 10.000 enfermedades que se deben a mutaciones genéticas. Algunas resultan directamente de la mutación de un solo gen, pero la mayoría implica una compleja imbricación de factores genéticos y ambientales.

Fruto de la colaboración entre la industria y la academia, entre 1994 y 2010 aparecieron las técnicas de edición genómica basadas en nucleasas diseñadas ad hoc. Existen varias plataformas de edición del genoma, entre las que destacan las nucleasas asociadas al sistema CRISPR-Cas9 [véase «El descubrimiento del sistema CRISPR-Cas», por Francisco J. M. Mojica y Cristóbal Almendros; Investigación y Ciencia, octubre de 2017].

Cuando, en junio de 2012, Science publicó un artículo de Jennifer Doudna y otros investigadores sobre la naturaleza y posibilidades del sistema CRISPR, la comunidad científica viró su hoja de ruta. Aquella herramienta permitía editar, con sencillez y celeridad, el ADN de plantas y animales. Aquel fue uno de los avances más revolucionarios de la historia de la biología, razón por la cual años más tarde Doudna y Emmanuelle Charpentier recibirían el Nobel. Pero este avance encierra un poder descomunal que puede usarse para bien y para mal: para evitar enfermedades letales o para crear bebés a la carta. En menos de un lustro la técnica entró en todos los laboratorios del mundo, y hoy su horizonte de aplicaciones no parece agotarse. Pero la creación de las gemelas, escribió George Church, mostró que el genio de la edición genómica había escapado de la botella. La técnica había despertado inquietud y esperanza a partes iguales, con la controversia ética como telón de fondo [véase «La aplicación de CRISPR en humanos», por Marc Güell; Investigación y Ciencia, enero de 2020].

He se familiarizó con la técnica mientras hacía su doctorado en la Universidad Rice. Tras un tiempo en Stanford, en 2012 volvió a su China natal. Fundó en Shenzhen la compañía Direct Genomics, especializada en el mercado de la secuenciación clínica, y atrajo cientos de millones de dólares en inversiones. Deseoso de introducirse en el campo de la edición genética, visitó a Feng Zhang, pionero de CRISPR, en su laboratorio del Instituto de Tecnología de Massachusetts, quien le aconsejó que no editara embriones con vistas a su implantación uterina. De Mark DeWitt, genetista de la Universidad de California en Berkeley, recibió el mismo consejo. No pudo entrevistarse con Doudna, también de Berkeley y quien, a tenor de lo sucedido, se preguntaría más tarde si lo que He pretendía era hacerse con una carpeta de contactos respetables para aparentar un amplio apoyo. He presentó esbozos de sus trabajos en reuniones y congresos en EE.UU., pero comunicó a muy pocos sus planes de llegar a la implantación, el embarazo y el nacimiento.

Fue en marzo de 2015 cuando un equipo chino acometió la primera edición genómica en embriones humanos. Un año después, en junio de 2016, He avanzaba de manera formal su proyecto para editar genes de embriones humanos in vitro mediante la técnica CRISPR. Acotaba su programa a parejas en las que el padre fuera portador del VIH. En marzo de 2017, empezó a reclutar candidatos. Hasta noviembre de 2018 no informó del nacimiento de las dos niñas ni tampoco de un segundo experimento con un tercer embrión cuyo genoma también se había editado. Una declaración que coincidió en fecha con su participación en un artículo en The CRISPR Journal donde se señalaba, paradójicamente, un proyecto de normas éticas aplicables al uso de la edición genética en técnicas de reproducción. La revista retiró el artículo en febrero de 2019, aduciendo que He no había informado de que estaba llevando a cabo ensayos clínicos que implicaban la edición de la línea germinal de embriones humanos.

Para entonces, el experimento de He, presentado en víspera de la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición Genómica, celebrada en Hong Kong, había desencadenado la indignación general por haberse saltado todas las normas éticas. El presidente de la Academia Nacional de Ciencias de China y el de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE.UU. urgieron en diciembre de 2018 a un acuerdo internacional sobre criterios para la edición de la línea germinal. Aquella debía ser una condena universal al trabajo de He, y en ella se apelaba al espíritu de la Conferencia de Asilomar sobre ADN recombinante de 1975, cuando se establecieron unas normas éticas y unos protocolos metodológicos.

Greely muestra con datos abrumadores que había científicos que conocían de una manera u otra los pasos de He; un trabajo emprendido sin suficiente experiencia en animales y una violación flagrante del consenso internacional. He y su equipo aplicaron la técnica CRISPR para modificar en los embriones el gen CCR5, ya que las personas que nacen con las dos copias de dicho gen inactivadas son resistentes al VIH. Pero cambiar los genes de un embrión significa cambiar los de todas las células. Si el experimento tiene éxito, el bebé presentará alteraciones que heredará su progenie generación tras generación. Y eso, coinciden los científicos, constituye un camino que debe acometerse con la máxima prudencia y deliberación. Algunos opinan que debe reservarse a enfermedades graves para cuya curación no haya otra alternativa; otros sostienen que no debe realizarse en ningún caso. He prescindió de la deontología profesional e inactivó CCR5, un gen normal.

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