El ocaso de los anfibios

Las ranas y otros anfibios desaparecen de nuestro planeta. Sufren los estragos de una epidemia de hongos y sus hábitats se hallan en continuo deterioro. Ha llegado el momento de protegerlos.

la rana arborícola Agalychnis lemur vive en Costa Rica, Panamá y el noroeste de Colombia. Igual que sucede con otros anfibios de numerosas regiones del planeta, sus poblaciones están disminuyendo drásticamente debido a una micosis. [GETTY IMAGES/THORSTEN SPOERLEIN/ISTOCK]

En síntesis

Desde la década de los noventa, cada vez son más los trabajos que demuestran la desaparición de ranas en distintas regiones de la Tierra. A comienzos de siglo se esclareció que la causa residía en una micosis.

Si bien algunas poblaciones individuales sobreviven a la epidemia, el número de anfibios de nuestro planeta disminuye progresivamente debido a una destrucción generalizada de sus hábitats por acción del hombre.

Las reservas naturales cumplen una función fundamental para salvar a los animales de la extinción. Debemos proteger el ambiente y el clima con más empeño que antes.

Anochece y la fuerte lluvia remite lentamente. El croar de las ranas se escucha por doquier: los profundos gruñidos vienen acompañados de zumbidos de insectos y silbidos estridentes. Oigo algún que otro «raaak», y por encima de mi cabeza, entre los árboles, un «ping» metálico y un «gog-gog» sordo. Es el 6 de junio de 1992. Me hallo en el bosque tropical de la Selva Negra, en el altiplano central nicaragüense. La temporada de lluvias comenzó hace unos días y las ranas han empezado a reproducirse. A lo largo de la noche cuento casi 20 especies diferentes. Algunos ejemplares están sentados en la orilla de una enorme charca, mientras que otros flotan en la superficie del agua, se aferran a los finos juncos del borde o descansan sobre las piedras del lecho de un arroyo. Descubro anfibios entre los matorrales y en montones de piedras. Otros me espían desde los árboles, a tres o cinco metros de altura. Estoy rodeado de ranas.

Durante la década de los noventa, exploré la región de la Selva Negra al menos una vez al año para estudiar anfibios y reptiles. La acusada reducción de numerosas poblaciones de ranas que observé en ese período ha permanecido dolorosamente en mi memoria hasta hoy. Por ejemplo, mientras que en mis primeros viajes a Nicaragua era habitual ver en los arroyos especies del complejo Craugastor rugulosus, en los años siguientes fui encontrando cada vez menos hasta que, de repente, desaparecieron por completo. Al principio atribuí la ausencia de ciertas especies a una fluctuación propia de la dinámica poblacional. Pero cuando la Selva Negra se volvió cada vez más silenciosa, me di cuenta de que algo había cambiado de forma permanente.

Los anfibios, incluidas sus larvas, desempeñan una función fundamental en los ecosistemas terrestres y de agua dulce de todo el mundo. Sin ellos, los flujos de energía y el reciclaje de nutrientes no funcionan debidamente. En consecuencia, su desaparición tiene importantes repercusiones ecológicas en la flora y la fauna.

Por ello, los biólogos y los expertos en ciencias naturales nos alarmamos cuando, en la década de los noventa, supimos que las poblaciones de ranas habían disminuido en otras regiones, especialmente en otros países latinoamericanos y en Australia. Algunas especies incluso habían desaparecido del mapa y se catalogaron como extinguidas. Ni siquiera se salvaban las reservas naturales, donde el hábitat parecía preservarse en buenas condiciones.

No obstante, al principio reinó el escepticismo sobre si realmente nos hallábamos ante una mortalidad de ranas de proporciones mundiales. Se sabe que el número de animales puede variar mucho, sobre todo debido a factores climáticos. En condiciones adversas, su población puede disminuir considerablemente durante unos años para después aumentar hasta recuperar su tamaño original. Por tanto, si no hacemos un seguimiento durante años, resulta difícil discernir entre las fluctuaciones normales de la población y las tendencias a largo plazo.

Sin embargo, los indicios que apuntan hacia una mortalidad generalizada de anfibios no han desaparecido. Por ello, la comunidad científica está cada vez más convencida de que se está produciendo un fenómeno dramático. Se ha especulado mucho sobre las posibles causas: encabezan la lista la creciente contaminación, el cambio climático y nuevos tipos de enfermedades infecciosas. Las razones clásicas que explican la pérdida de la biodiversidad, como la agricultura intensiva y la urbanización, se descartaron rápidamente, puesto que muchos de los descensos poblacionales que se observaban se daban en zonas protegidas donde los hábitats naturales no mostraban signos evidentes de alteración.

En 1998 aumentaron las pruebas de que el responsable era el denominado hongo quítrido, de nombre científico Batrachochytrium dendrobatidis, un patógeno que causa una enfermedad conocida como quitridiomicosis. Para reproducirse, el hongo produce zoosporas móviles que se dispersan por el agua y pueden infectar a nuevos huéspedes, en este caso a las ranas y sus renacuajos. Hoy no cabe ninguna duda de que la epidemia ha diezmado las poblaciones de ranas en casi todo el mundo y ha eliminado decenas de especies. El hongo también se ha extendido en la mayoría de los países europeos, incluida España.

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