Invasiones biológicas en la región mediterránea

En los últimos decenios, el número de las especies invasoras ha crecido de forma exponencial en nuestros ecosistemas, con la consiguiente pérdida de la biodiversidad local. ¿De qué modo podemos detenerlas?

El diente de león (Carpobrotus spp.), de origen sudafricano, es una especie muy invasora que compite y desplaza otras plantas nativas de la costa mediterránea. [GETTY IMAGES/WABENO/ISTOCK]

En síntesis

Las invasiones biológicas en la región mediterránea responden a su peculiar historia de comercio, asentamientos y colonialismo. Pero el aumento de los intercambios comerciales y culturales de los últimos decenios las ha exacerbado.

Las especies invasoras merman la biodiversidad local y alteran la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas autóctonos, lo que repercute de forma negativa en los servicios vitales que estos nos proporcionan.

Las estrategias para detenerlas pasan por un seguimiento y control coordinado entre países y por una mayor concienciación ciudadana sobre sus impactos.

Desde tiempos remotos, la cuenca del Mediterráneo ha sido cuna de intercambios comerciales entre distintas civilizaciones y culturas. El movimiento de bienes y productos, casi siempre acompañado de migraciones humanas y la fundación de nuevos asentamientos, ha conllevado la importación de especies foráneas, a menudo de regiones muy lejanas, que jamás habrían llegado por sus propios medios de dispersión. Estas especies recién introducidas quizá no logren prosperar en el nuevo lugar, o tal vez solo se propaguen muy lentamente y de forma muy localizada. Pero con frecuencia se asientan y se expanden con rapidez en los ecosistemas de acogida y alteran su funcionamiento y su composición de especies. En ese caso, a las especies exóticas se las denomina invasoras.

Accidente o intención
Los mayores intercambios de especies, o quizás los mejor documentados, se produjeron a partir del siglo XV, fruto de los primeros viajes transoceánicos y la colonización de territorios más allá del continente europeo. Sin embargo, la entrada de especies exóticas y la posterior invasión de estas en espacios naturales han aumentado de forma notable en las últimas décadas como consecuencia de la intensificación de las rutas comerciales, así como del desarrollo de infraestructuras que facilitan la expansión de las especies. Ejemplos de ello son el mejillón cebra (Dreissena polymorpha), el cangrejo americano (Procambarus clarkii) o las cotorras argentinas (Myiopsitta monachus), por citar algunas cuyo éxito de invasión se ha producido no solo en los ecosistemas mediterráneos, sino también en muchas otras regiones del mundo.

La introducción de especies exóticas se ha realizado tanto de forma intencionada como accidental, aunque ha prevalecido la primera. Así, numerosas especies animales se han importado por su interés como fuente de alimentación, como la trucha arcoíris (Oncorhynchus mykiss); o bien para utilizarse como mascotas, como las tortugas de Florida (Trachemys scripta), o especies cinegéticas, como el arruí (Ammotragus lervia); o incluso por su valor estético, como el visón americano (Neovison vison).

En cuanto a las plantas foráneas, muchas se han introducido también por su valor estético. Las consecuencias de ello son hoy en día bien visibles, ya que las plantas ornamentales de nuestros jardines son la principal fuente de especies vegetales invasoras.

De modo paralelo a la invasiones intencionadas, otras se han producido de forma accidental. Entre las plantas, algunas se han extendido en nuestro entorno como «malas hierbas» o plagas agrícolas y forestales, sin que muchas veces sepamos a ciencia cierta cuál fue la vía de entrada ni la región de origen.

Por mar y por tierra
Las invasiones biológicas están creciendo de forma exponencial en los últimos decenios. Y no hay visos de que esta curva de entrada y expansión de especies se esté estabilizando o alcanzando un máximo. Más bien al contrario: cuanto mayor es la actividad económica, mayor es la proporción de especies foráneas que nos encontramos en la naturaleza y mayor su área de distribución.

En el Mediterráneo, desde 2005 se establecen en promedio unas veinte especies exóticas de animales marinos cada año, de tal modo que, sumadas a las anteriores, hoy ya alcanzan el millar. Su vía principal de entrada es a través del canal de Suez. De hecho, hay quien considera que las aguas costeras del Mediterráneo oriental constituyen, tanto por su cambio en la biota como por el calentamiento del agua, una extensión del mar Rojo. Por ejemplo, en Túnez, más de la mitad del peso de las capturas corresponden a peces no nativos que poseen una menor calidad que los de las pesquerías de antaño. A la migración activa y flujo por corrientes de especies «lessepsianas» (adjetivo acuñado en honor al ingeniero Ferdinand de Lesseps, que diseñó y construyó el canal), hay que añadirle las que llegan incrustadas en las superficies o inmersas en las aguas de lastre de los barcos procedentes de los océanos Índico y Pacífico. En las costas del Mediterráneo occidental, en cambio, gana en importancia la introducción de especies procedentes de la acuicultura.

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