Más comida, menos desperdicios

Reducir las pérdidas de la cadena alimentaria aumentaría enormemente el suministro de alimentos y mitigaría de forma notable las emisiones de carbono.

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En síntesis

Más del 30 por ciento de los alimentos producidos en el planeta acaban desperdiciados, y es urgente poner fin a semejante despilfarro.

Reducir el derroche no solo resolvería el problema del hambre durante décadas, sino que reportaría amplios beneficios ambientales en forma de ahorro de agua, conservación del suelo cultivable y del medio natural y reducción de los gases de efecto invernadero.

La sostenibilidad a medio y largo plazo de la cadena alimentaria dependerá de la transición a una alimentación basada en vegetales, pero también del aprovechamiento de lo producido, para el que existe un amplio margen de mejora.

Imagine que va al mercado y vuelve a casa con tres bolsas llenas de comestibles. Antes de llegar a la puerta, se detiene y tira una al contenedor de la basura, que acabará en el vertedero. Menudo despilfarro. Este breve relato describe fielmente el comportamiento colectivo de hoy en día. Entre el 30 y el 40 por ciento de los alimentos destinados al consumo humano que se producen en el planeta acaban desperdiciados. Dado que más de 800 millones de personas pasan hambre a diario, tamaña pérdida nos causa a muchos una profunda congoja.

Si el crecimiento de la población y el desarrollo económico siguen el ritmo actual, en el año 2050 la producción mundial de alimentos habría de aumentar en 53 millones de toneladas, lo cual obligaría a convertir otros 442 millones de hectáreas de bosques y praderas en tierras de cultivo durante los próximos treinta años, una extensión mucho mayor que la de la India. Por si esto no bastara, tal incremento liberaría durante ese lapso el equivalente a 80.000 millones de toneladas más de dióxido de carbono, unas 15 veces las emisiones de toda la actividad económica de Estados Unidos en 2019. El derroche de alimentos ya representa cerca del 8 por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.

Pero existe otra vía. El grupo del que somos miembros en el Proyecto Drawdown, una organización internacional de comunicación e investigación, ha concluido un riguroso estudio acerca de las prácticas y las tecnologías existentes que permitirían disminuir sensiblemente los gases de efecto invernadero en la atmósfera y, al mismo tiempo, inaugurar un sistema económico y una sociedad más regenerativas. De los 76 medios analizados para alcanzar esos objetivos, reducir el desperdicio alimentario figura entre los cinco primeros. Un ajuste básico en los métodos de producción y en los hábitos de consumo alimentarios podría contribuir a que el mundo entero disfrutara de una alimentación sana y nutritiva hasta después del año 2050 sin necesidad de desbrozar, sembrar o convertir en pastos más terreno que el actual. El aumento del suministro de alimentos que reportaría la supresión del desperdicio, unido al uso de medios de producción más eficientes, evitaría la deforestación y permitiría ahorrar ingentes cantidades de energía, agua, fertilizantes y mano de obra, entre otros recursos.

Cada eslabón de la cadena de abastecimiento que va del campo y la granja a la mesa brinda oportunidades para reducir el derroche. Sembramos cultivos, criamos ganado y transformamos esas materias primas en productos como arroz, aceite vegetal, patatas fritas, zanahorias cortadas, queso o solomillo de ternera. Buena parte se envasa en cajas de cartón, bolsas y botellas de plástico, latas de conserva y tarros de vidrio fabricados en plantas industriales a partir de materiales extraídos de la naturaleza, y luego se transportan por todo el mundo en aviones, trenes y camiones que devoran combustible.

Una vez que llegan a las tiendas y a los restaurantes, los alimentos se conservan en frigoríficos y congeladores ávidos de energía que contienen gases de potente efecto invernadero llamados hidrofluorocarbonos, hasta que los compran los consumidores, a menudo más impulsados por la vista que por el apetito, sobre todo en las regiones ricas. En los países de renta alta, los restaurantes y los hogares encienden hornos y cocinas que consumen energía, mientras que en los países en vías de desarrollo millones de personas queman biomasa en nocivos fogones que escupen hollín, humos malsanos y sustancias contaminantes.

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