Políticas de memoria nuclear

Lecciones del desastre de Chernóbil en Bielorrusia.

En las afueras de Chernóbil, obra de 1993 del artista bielorruso Víktor Shmatau. [FOTOGRAFÍA DE MARTA SHMATAVA (CC BY-SA 4.0)]

En noviembre de 2020, la antigua república soviética de Bielorrusia inauguró en el distrito de Astraviets su primera central nuclear. Construida por la empresa pública rusa Rosatom, la instalación entró en funcionamiento pese a la grave crisis política y a las protestas masivas ante el fraude de las recientes elecciones presidenciales. El arranque del reactor era de vital importancia para el autoritario presidente de la república, Aleksandr Lukashenko, en el poder desde 1994.

En la ceremonia inaugural, Lukashenko proclamó con orgullo que el país acababa de convertirse en una potencia nuclear. Pero la historia nuclear de Bielorrusia no comienza ni con Lukashenko ni con Astraviets. A principios de los años ochenta, la entonces república soviética planeaba la construcción de dos centrales nucleares. Ambos proyectos fueron desechados tras el accidente de Chernóbil en 1986 y el colapso de la Unión Soviética en 1991. En 1998, una comisión científica descartó la construcción de una central nuclear dado el terrible legado de Chernóbil: cerca del 70 por ciento de la radiactividad emitida tras el accidente había caído sobre una cuarta parte del territorio nacional. En 2008, sin embargo, el Gobierno bielorruso decidió reactivar los planes, y el 15 de marzo de 2011, a los pocos días del desastre de Fukushima, firmó un acuerdo con Rusia para la construcción de la central de Astraviets.

¿Por qué fue tan poco cuestionado este proyecto, incluso en el marco de las movilizaciones contra Lukashenko? ¿Cómo ha podido Bielorrusia olvidar Chernóbil y dejarse seducir por el átomo civil? Las razones para ello cabe buscarlas en la construcción de un discurso nacional y nacionalista sobre el desastre, así como en la progresiva normalización de la contaminación radiactiva en las zonas afectadas por el accidente.

La gestión de la crisis

Las autoridades soviéticas no estaban preparadas para hacer frente al accidente de Chernóbil. Si en un primer momento fueron incapaces de apreciar la gravedad de la situación, luego engañaron a la opinión pública sobre el peligro que entrañaba. La evacuación se demoró 36 horas, y los 100.000 efectivos civiles y militares enviados a la zona estaban mal equipados y desconocían los riesgos a los que se enfrentaban. Aun así, las autoridades trabajaron para dar la impresión de que la situación estaba bajo control. Los medios, supervisados por el Estado, dieron cuenta del heroísmo del pueblo soviético en la lucha contra la radiación y pronosticaron un rápido retorno a la normalidad.

El heroico y optimista discurso oficial prevaleció dos años, aunque no llegó a tranquilizar a la ciudadanía. En 1989, la Perestroika de Mijaíl Gorbachov avivó la indignación popular contra el Gobierno por la forma en que había ocultado la magnitud del desastre. La censura se relajó y se publicaron mapas de contaminación radiactiva. En marzo de 1989, la URSS celebró las primeras elecciones (semilibres) desde la revolución. En los nuevos parlamentos de las repúblicas soviéticas, la campaña y los debates electorales hicieron aflorar más información sobre las consecuencias del accidente.

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