Dos caras de la misma moneda

Una variación del ADN podría contribuir a la adicción al ejercicio físico y la obesidad.
CORBIS (CHIPS); © istockphoto / Eliza Snow (COMBA)
Más de un tercio de las personas que acuden con regularidad al gimnasio muestran signos de adicción al ejercicio físico; se siguen entrenando cuando están enfermos o lesionados, u organizan su vida en torno al ejercicio. Casi la mitad de los individuos diagnosticados con un trastorno de la alimentación muestran una práctica excesiva de ejercicio físico con el objetivo de controlar la forma del cuerpo y el peso, además de aliviar el estrés y mejorar el estado de ánimo.
Los investigadores han desarrollado dos hipótesis opuestas para explicar cómo alguien puede convertirse en adicto al ejercicio, a la comida o a cualquier otro comportamiento. La primera sostiene que los cerebros de estas personas resultan más sensibles a la recompensa, encuentran mayor placer en el ejercicio, por lo que intentan aumentar su práctica. De forma alternativa, la sensibilidad a la recompensa de estos individuos puede menguar conforme pasa el tiempo, por lo que empiezan a requerir más ejercicio para conseguir el mismo grado de placer.
Un nuevo estudio, dirigido por Wendy Mathes, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, describió que dos variedades de ratón seleccionadas, respectivamente, por mostrar una actividad física excesiva o por su obesidad, presentaban el mismo defecto en las vías de transmisión de recompensas del cerebro. El análisis genético de los dos tipos de múridos mostró que tenían niveles de actividad más bajos de lo normal en un gen que ayuda a las células cerebrales a percibir la presencia de dopamina, el neurotransmisor relacionado con las recompensas. Este hallazgo sugiere que tanto los ratones obesos como los múridos que realizan ejercicio físico excesivo podrían ser menos sensibles, en cada caso, a las recompensas de la comida y de la actividad física. Los investigadores no saben aún cómo el mismo problema subyacente puede originar resultados tan distintos. Mathes sugiere, sin embargo, que otros neurotransmisores podrían actuar sobre las células del cerebro privadas de dopamina, de manera que impulsarían a los ratones en una u otra dirección.

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