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1 de Marzo de 2017
Reseña

Epistemología

Ciencia y religión

MATHEMATICIANS AND THEIR GODS
Dirigido por Snezana Lawrence y Mark McCartney
Oxford University Press, Oxford, 2015

Pertenece a la ciencia dar una explicación racional de la naturaleza del mundo físico y de las leyes que lo gobiernan. En esa explicación desempeña una función principal lo que Eugene Wigner denominó la eficacia inconcebible de la matemática. La teología sistemática busca también una explicación racional, aunque partiendo de unos supuestos religiosos. En funciones de puente se sitúa la teología natural, basada en la razón. Así ha ocurrido desde el origen de la filosofía y el tránsito del mito a la razón en los presocráticos.

Empezando por Pitágoras, no tenemos pruebas de que el famoso teorema fuera obra suya. Se le tiende ahora a considerar más chamán que matemático. De los pitagóricos, en cambio, cabe decir mucho: atribuyeron significado simbólico a ciertos números. Según recoge Aristóteles, construían el universo a partir del número. Pensó Platón que el demiurgo fabricó el mundo con material preexistente. Analizó los cinco sólidos en el Timeo y los asoció con los cuatro elementos clásicos. La tierra estaba representada por el cubo, el aire por el octaedro, el agua por el icosaedro y el fuego por el tetraedro; el quinto elemento, por el dodecaedro. El quinto elemento era la centella divina que instaba la existencia de los demás elementos. Números y proporciones regulaban todo cuanto existía.

Fue común, desde la Edad Media hasta los inicios de la Edad Moderna, considerar las obras de la creación, la naturaleza orgánica e inerte, nuestro planeta y el universo entero, como el tema de estudio que había de llevarles al Creador. Gersón, un medieval, pensaba que razón y revelación cursaban en paralelo. Aceptar la revelación exigía que la razón no abdicara de su obligación de conocer todos los hechos antes de emitir un juicio. Ejemplo paradigmático, Johannes Kepler (1571-1630), que estudió teología en la Universidad de Tubinga para convertirse en pastor protestante, pero terminó por inclinarse hacia la astronomía. Su teología fue un aspecto importante de su ciencia. En el modelo geocéntrico de un cosmos de esferas celestes, la esfera superior, más allá de las estrellas fijas, se encontraba el primum mobile. Por encima de este primer móvil, Dios, motor inmóvil. Dios era el motor del universo. Era una interrelación entre ciencia y teología. Abordó cuestiones sobre la geometría del cosmos. Su fe firme en un universo creado encajaba con su descripción matemática de las leyes del mo­vimiento de los planetas. Una de las invenciones más sorprendentes de Kepler se produjo cuando enseñaba matemática en Graz. Hacia 1595, Kepler trabajó sobre los sólidos platónicos y los erigió en plantilla para crear un modelo de universo en su famoso Mysterium cosmographicum, ilustrando el libro con una de las imágenes más celebradas de la historia de la ciencia y de la matemática. La imagen muestra cada sólido platónico encajado en una esfera, que Kepler identificó con los seis planetas conocidos entonces: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno. Ciertamente, más tarde, instalado ya en Praga, Kepler descubrió que las trayectorias orbitales de los planetas del sistema solar no dibujaban un círculo, sino una elipse.

En todas las épocas, el matemático, creyente o no, no dejó de invocar, siquiera retóricamente, la divinidad. Paul Dirac, ateo, declaraba que «Dios utilizó la belleza de la matemática en la creación del mundo». Para Albert Einstein, «Dios no juega a los dados», expresión que Stephen Hawking convirtió en cuestión: «¿Juega Dios a los dados?» La historia está llena de matemáticos que han ido más allá de su especialidad y han dedicado espacio y tiempo a razonar sus propias creencias, como Martin Gardner en su autobiografía Undiluted Hocus-Pocus. El propio libro que han preparado Snezana Lawrence y Mark McCartney ha tenido numerosos precedentes, como el de Mario Levi: Is God a mathematician?

Hubo matemáticos que escribieron sobre teología. John Napier, a caballo entre el siglo xvi y el xvii, redactó un comentario al Apocalipsis y Gottfried von Leibniz, una extensa reflexión sobre el mal. Isaac Newton, que le disputó la fundación del cálculo, se entregó asimismo a la especulación teológica, abordando el núcleo de la dogmática y escribiendo comentarios a libros del Viejo y del Nuevo Testamento. Leonhard Euler, uno de los mayores matemáticos, no solo de la Ilustración, sino de todos los tiempos, sumó a su ingente producción matemática una Defensa de la Revelación Divina contra las Objeciones de los Librepensadores. A propósito de la interacción entre matemática y religión, resulta muy significativa la anécdota siguiente, presumiblemente apócrifa: Euler coincidía con Denis Diderot en la corte de Catalina la Grande. El francés se ufanaba de su ateísmo, incomodando a Euler quien le planteó un reto en el terreno que ambos cultivaban, la matemática. Expuso Euler: «Caballero, (a + bn)/n = x, luego Dios existe. Replique, si puede». Diderot, incapaz de responder y sintiéndose humillado por las risas de los presentes, abandonó la corte y volvió de inmediato a Francia. La anécdota apareció en una revista matemática norteamericana el año 1942.

Otros muchos matemáticos prestaron su pluma a la teología: Charles Babbage (1791-1871), padre del computador, profesor lucasiano de matemáticas en Cambridge y autor de The Ninth Bridgewater Treatise: A Fragment, George Gabriel Stokes (1819-1903), profesor lucasiano también, que impartió conferencias de teología natural (Gifford Lectures) y publicó un libro sobre la salvación. A Edmund Taylor Whittaker (1873-1905) se le debe una extensa defensa de la fe cristiana: Space and Spirit: Theories of the Universe and Arguments for the Existence of God, etcétera.

En el siglo xx sobresale la figura de Kurt Gödel. En febrero de 1970, Gödel mostró a Dana Scott, profesor de filosofía y matemática en Princeton, un manuscrito que contenía la prueba ontológica de la existencia de Dios. Las reflexiones de Gödel sobre esa prueba se remontaban a 1941. Aunque no se publicó corrió ampliamente entre los círculos académicos porque Scott la utilizó en un seminario dado en Princeton en el otoño de 1970. Parece ser que Gödel consideraba el trabajo como mero ejercicio de lógica. El argumento ontológico de la existencia de Dios lo avanzó Anselmo de Canterbury, del siglo XI; otros matemáticos famosos, como Descartes y Leibniz, aportaron sus propias versiones.

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