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Ilusiones populares

¿Qué revelan los trucos de patio escolar sobre la mente juvenil?

STEVEN HARRINGTON

Nuestro hijo Iago, que cursa cuarto grado en una escuela pública de Brooklyn, aprendió hace poco un truco durante un recreo. Una tarde, en casa, tras hacernos reír a Stephen y a mí con su interminable repertorio de chistes «Toc toc. ¿Quién es?», apuntó con el índice hacia mi brazo, sin llegar a tocarlo. Se detuvo a un centímetro escaso de la piel.

«¿Te estoy tocando?», me preguntó.

«No», respondí. Estaba claro que el dedo no hacía contacto con mi brazo.

«¡Pues mira!», anunció Iago encantado. Su otra mano descansaba sobre mi rodilla.

Estaba tan atenta a mi brazo que no me había percatado de que me tocaba otra parte del cuerpo. El truco nos hizo pensar en las tácticas que los «carteristas» emplean en los espectáculos de variedades, como las de Apollo Robbins, un ilusionista con quien hemos colaborado para estudiar el engaño en magia [véase «Neuromagia: entre la ilusión y la ciencia», por S. L. Macknik, S. Martinez-Conde y S. Blakeslee; Mente y Cerebro n.o 64, 2014]. Apollo, para «aligerar» a los espectadores de sus pertenencias, les hace fijar su atención en un punto concreto (el bolsillo de la pechera, por ejemplo) mientras les extrae los objetos que llevan en otro lugar (el reloj de pulsera, entre otros). La versión de Iago era menos elaborada, pero se fundaba en el mismo principio: para alejar la atención de alguien sobre un elemento o lugar debe lograrse que se concentre en otro distinto.

La broma del niño también es un ejemplo de un género nuevo de juegos basados en la percepción y la cognición y que K. Brandon Barker, de la Universidad de Indiana, y el profesor Claiborne Rice, de la de Luisiana en Lafayette, han bautizado como «ilusiones populares», es decir, ilusiones de tradición popular. Estos graciosos errores de percepción se comparten y enseñan de unos niños a otros, de generación en generación, sea en parques infantiles, patios escolares, pernoctas fuera de casa o en campamentos estivales. Es probable que los lectores recuerden, al evocar su infancia, algunos de estos trucos. Aunque los registros más antiguos se remontan a comienzos del siglo xvii, como demuestra el famoso diario del parlamentario y administrador naval británico Samuel Pepys (1699-1703), en nuestros días los escolares practican todavía juegos similares, algunos incluso idénticos.

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