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Supuestos precientíficos

Distinción entre el hombre y el resto de los animales

THE RHETORICAL INVENTION OF MAN
A HISTORY OF DISTINGUISHING HUMANS FROM OTHER ANIMALS
Por Greg Goodale
Lexington Books, Lanham, 2015

A la pregunta sobre qué separa al ser humano del resto de los animales, suele responderse que la cultura y la consciencia son peculiaridades que nosotros poseemos en exclusiva. La realidad, sin embargo, no es tan sencilla. Nuestro linaje ha desarrollado una capacidad mental de representarse el mundo que iba mucho más allá de las meras ventajas para la supervivencia. La consciencia aporta capacidad de abstraer, pen­samiento simbólico, sociabilidad y creación de cultura. Los humanos son incomparablemente mejores que el resto de los primates en el arte de lanzar proyectiles, una capacidad que requirió cambios anatómicos en todo el cuerpo y comenzó a evolucionar en una fase temprana de nuestro linaje. Aunque la finalidad de esa acción fuera presumiblemente disuasoria frente a los depredadores o los carroñeros con los que competían, podían emplearse también para acabar con las riñas y otras conductas de dominio en el interior del grupo.

El primer paso de la evolución humana que hizo posible una cooperación general pudo ser una teoría de la mente. O al revés: primero se produciría la supresión de diferencias en eficacia biológica en el interior de grupos, fundadas en adaptaciones tales como la capacidad para lanzar piedras, que no exigen cambio alguno en la cognición social. (En la eficacia biológica se combinan supervivencia y reproducción, lo que se traduce en el número esperado de descendientes.) La selección entre grupos favorecería formas de cooperación mental, además de cooperación física. Después de todo, el pensamiento simbólico y la transmisión social de comportamientos son fundamentalmente actividades cooperadoras que no parecen dispuestas a darse entre individuos egoístas. La cooperación permitió a nuestros antepasados expandirse por el planeta, eliminando a otros homínidos y muchas especies en su camino.

En su relación con otros animales, el ser humano presenta un variopinto muestrario asistemático de actitudes. ¿Por qué miembros de una misma especie, los conejos por ejemplo, reciben protección legal y familiar como animales de compañía y en cambio no son protegidos los que se crían en granjas con fines alimentarios y para aprovechar su piel? ¿Por qué es ilegal y deplorable la pelea de gallos y admitimos el confinamiento de pollos en granjas? Con contradicción manifiesta afirmamos que podemos cazar ciervos porque ocupamos el pináculo de la naturaleza y al propio tiempo declaramos que la naturaleza es cruel. De manera similar, ¿cómo podemos aducir que hemos de someter a ensayo productos farmacéuticos y cosméticos en determinados animales por su parecido con nosotros y que sus respuestas pueden predecir las nuestras? Si los científicos ensayan en ratas un fármaco contra el dolor, ¿por qué se niegan a aceptar que sufren dolor? En nuestro foro interno estamos negando que seamos animales. Vivimos con las consecuencias de ese error.

Curiosamente, la obra de los investigadores que profundizan en la mente humana coincide en el tiempo con la de los investigadores en la mente de animales no humanos. Afirman los segundos que los animales piensan como los humanos, de manera primaria, a través de la intuición, el instinto y las emociones; a veces incluso asoman pensamientos. Parece como si los animales tuvieran sentimientos de culpa, empatía, amor, etcétera: un repertorio de emociones tan complejas como el de los humanos. Tomemos al azar dos muestras recientes de esa línea de investigación: una relacionada con el aprendizaje, y otra con la inteligencia animal. El abejorro común (Bombus terrestris) puede aprender a manipular objetos y traspasar ese conocimiento a sus congéneres. El equipo de Lars Chittka, de la Universidad Queen Mary de Londres, preparó un plato con agua azucarada y lo colocó bajo una lámina transparente de plexiglás. Para llegar al contenido, los abejorros tenían que tirar de una cuerda atada al plato. De un conjunto de 300 individuos, solo dos acertaron por sí mismos a hacerlo. El resto, en su mayoría, solo halló la solución tras observarlo en los diestros.

Muy pocas especies de aves se sirven de útiles para el forrajeo en la naturaleza. Una de ellas, el cuervo de Nueva Caledonia (Corvus moneduloides), destaca por su habilidosa destreza en la construcción de útiles. Semejante comportamiento ha dado pie a muchas especulaciones, pero no había datos de observación de campo sobre el origen evolutivo de esa conducta. Aunque no parece una peculiaridad exclusiva de esa especie. Otro córvido, en este caso tropical, el alalá (C. hawaiiensis), manifiesta esa misma destreza sin haberla aprendido, pues se trata de juveniles criados en cautividad. En la naturaleza, dicha especie se ha extinguido en el último decenio.

En buena medida, a lo largo de la historia del pensamiento, la asimilación de esas y otras facultades del reino animal a las correspondientes humanas constituía un modo de hablar, a menudo, con fines moralizantes. En la realidad habría un hiato insalvable. Esa es la óptica retórica a la que alude el autor. De acuerdo con la tesis del libro, las categorías y clasificaciones que tomamos por verdades, por reales en un sentido tangible, permanente y universal no serían tales. Esas categorías, aun cuando humanas, son invenciones y recursos retóricos que nos permiten conferir un significado al mundo, en los que los animales han llevado la peor parte. Los esquemas de clasificación que utilizamos para los animales con los que convivimos, de los que nos alimentamos y vestimos, en los que sometemos a ensayo de fármacos y productos cosméticos, han producido mucho daño. El pasado ha conformado el presente.

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