¿Cómo será ser abeja?

Las abejas exhiben un notable repertorio de talentos: facultades que en mamíferos asociaríamos con la consciencia.

JEFF WILSON / Universidad Nacional Australiana

La consciencia, ese don maravilloso, nos parece algo natural, que no valoramos por su misma evidencia. Desde el instante en que me despierto hasta que vuelvo a caer en un sueño profundo, sin ensueños, me inunda una riada de sensaciones conscientes. Y contrariamente a lo que afirman filósofos, novelistas y otros literatos, tomada en conjunto, esta riada de consciencia poco tiene que ver con la reflexión tranquila ni con el pensamiento introspectivo. No. Casi toda ella consiste en sensaciones en crudo.

Hace un par de semanas, un amigo y yo escalábamos un acantilado marino, cerca de Malibú, en California. Cuando es mi turno en lo alto de la cordada, mi crítico interno —esa voz mental que me recuerda fechas de entrega, que canta mis preocupaciones y debilidades— se esfuma, queda en silencio. Toda mi mente se concentra en lo que hago, consciente de la orientación exacta, pendiente de la forma y textura de la roca, en busca de pequeñas hendiduras donde encontrar asidero para manos y pies, siempre consciente de la altura a la que me encuentro de la última clavija.

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