Más mediciones, menos discursos

Nuevos e ingeniosos métodos de medición de la consciencia pueden contribuir a comprender la relación entre mente y cuerpo.

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En el meollo de la ciencia hallamos observaciones y medidas juiciosas. Tal realidad presupone que lo estudiado es susceptible de medida. Ahora bien, ¿cómo se podría medir la consciencia, esa sustancia tan etérea e inefable, que ni siquiera ha sido posible definirla con rigor? Progresos recientes, sin embargo, me hacen optimista.
Consideremos un problema de importancia clínica, ética y jurídica: inferir la existencia de consciencia en personas que han sufrido graves lesiones cerebrales. A menudo, en las víctimas de accidentes de tráfico, de paros cardíacos o de sobredosis de droga, se dan períodos en los que se hallan despiertos; puede incluso que abran los ojos espontáneamente. En ocasiones, vuelven la cabeza en respuesta a un ruido fuerte, o tal vez sus ojos se fijen unos instantes en un objeto, aunque nunca por mucho tiempo. Es posible que hagan crujir los dientes, que traguen saliva o que sonrían, pero tales actividades se producen espontáneamente, no en obediencia a una orden. Estas acciones fragmentarias se asemejan a actos reflejos; estarían generadas por un tronco cerebral intacto.

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