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Mi amigo robot

Actúan de forma autónoma, se muestran afectuosos y simpáticos, piden cariño. ¿Por qué razón niños y adultos sucumben a los encantos de los juguetes autómatas de última generación? Expertos en psicología investigan la interacción emocional entre humanos y máquinas.

CORTESIA DE MAX BRAUN

Deambula sin rumbo fijo por el piso, curiosea por doquier, se deja acariciar, al instante, se retuerce de gusto. Luego, agotado por su misión exploratoria, se repanchinga para disfrutar de una plácida siesta. En medio del sueño le asalta una tos repentina. "¡Eso no lo había hecho nunca!", exclama su jovencito dueño, alborozado, poco antes de susurrarle a su dinosaurio robótico unas dulces palabras al oído.

Tras ver el vídeo promocional protagonizado por un orgulloso niño y su robot Pleo, nadie sospecha que bajo la piel de goma el animal no siente ni pizca de curiosidad ni de cansancio; en cambio, alberga un total de 14 servomotores. Pleo, nombre comercial del "robot de compañía", está provisto de una cámara integrada, un micrófono, sensores infrarrojos y de contacto que le permiten reaccionar adecuadamente a las condiciones cambiantes de su entorno.

Este artefacto de alta tecnología disfrazado de cría de dinosaurio verdoso ha conquistado el corazón de numerosos hogares, hasta el punto de formar parte de la rutina diaria de las familias que lo acogen. Aparatos como este espécimen, sean peluches o perros robots, están diseñados para interaccionar con las personas. Así, por ejemplo, el robot foca Paro, desarrollado por Takanori Shibata en el Instituto de Ciencia Industrial y Tecnología Avanzada de Japón, con sede en Tokio, se emplea con fines terapéuticos en residencias de la tercera edad. También otro tipo de artefactos electrónicos con aplicaciones más prosaicas, como la aspiradora autónoma Roomba, gozan de creciente popularidad entre los humanos.

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