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Neurofisiología de la conducta (anti)social

Miles de millones de fibras nerviosas atraviesan nuestro cerebro y facilitan un intercambio de estímulos entre las diversas áreas. Paradójicamente, la comunicación funciona peor cuando la red es demasiado densa. Ello puede influir también en nuestra conducta social.

GEHIRN UND GEIST / CAROLIN WANITZEK

En síntesis

Las experiencias negativas en la infancia afectan de manera permanente las interconexiones cerebrales.

Los traumas precoces frenan la poda neuronal, es decir, la destrucción de conexiones entre neuronas, las cuales crecen de forma masiva en los primeros meses de vida.

A consecuencia de ello se forma una red neuronal demasiado tupida o desestructurada que puede afectar el desarrollo de una conducta social normal.

Nuestro cerebro constituye un modelo de flexibilidad. El sistema nervioso no solo adapta su funcionamiento a las circunstancias de la vida; también su estructura se halla en constante transformación. Un famoso ejemplo de la plasticidad neuronal lo ofrece el aumento de tamaño del hipocampo de los taxistas londinenses. La conducción por la enmarañada red de calles de la metrópoli hace que crezca la central cerebral de la memoria. Esta capacidad de transformación se mantiene a lo largo de toda la vida, pero resulta sobre todo manifiesta en la primera infancia.

Ello supone un sinnúmero de ventajas. No es casualidad que los niños muestren una marcada capacidad de adaptación y aprendizaje. Al mismo tiempo, su cerebro reacciona de forma particularmente sensible a influjos dañinos, según demostró un estudio llevado a cabo en 2005 con 18 huérfanos adoptados. Durante una primera época, entre los 7 y los 42 meses de edad, estos niños vivieron en un orfelinato donde recibieron una atención deficiente, hasta que fueron acogidos en familias de adopción.

Alison Wismer Fries y sus colaboradores de la Universidad de Wisconsin en Madison examinaron a los pequeños huérfanos unos tres años más tarde en sus nuevos domicilios. Querían saber si el precoz abandono que habían sufrido había repercutido de forma duradera en su capacidad de integración social. Los investigadores determinaron de forma indirecta esta habilidad: midieron los niveles de oxitocina de los sujetos. Dicho neurotransmisor, al que se atribuye una importante función en el establecimiento de relaciones emocionales, aumenta con los contactos táctiles cariñosos.

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