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Los magos y los científicos de la cognición saben que el libre albedrío puede ser ilusorio.

Mediante la técnica del arte negro se consigue retirar las fotografías con un reverso negro de encima de la mesa sin que el participante se percate de ello. La clave está en que la superficie sobre la que sucede el intercambio también es oscura, con lo que se reduce la capacidad visual del sujeto de distinguir los contrastes. [COLIN HAYES; FUENTE: «FAILURE TO DETECT MISMATCHES BETWEEN INTENTION AND OUTCOME IN A SIMPLE DECISION TASK». P. JOHANSSON ET AL. EN SCIENCE, VOL. 310, OCTUBRE DE 2005]

Creemos saber lo que queremos, pero ¿realmente es así? Lars Hall y Petter Johansson, de la Universidad de Lund, llevaron a cabo en 2005 una investigación que transformó la manera en que las ciencias de la cognición conciben el libre albedrío. El experimento propuesto era de una simplicidad engañosa. El científico y los participantes se sentaban a una mesa frente a frente. El primero mostraba a cada sujeto dos fotografías en las que aparecía en cada una el rostro de una mujer joven, ambas igualmente atractivas, según habían valorado previamente otras personas. El probando debía indicar cuál de los dos retratos le parecía más atractivo.

A continuación, el experimentador volvía las fotografías boca abajo, se las acercaba al voluntario y le pedía que mostrase la imagen que acababa de elegir. Cada participante llevó a cabo esa acción, sin percatarse de que el investigador había intercambiado las fotos. La técnica que había empleado para ello se conoce entre los ilusionistas como arte negro. Ya que nuestras neuronas visuales están construidas para detectar e intensificar contrastes, nos resulta muy difícil distinguir negro sobre fondo negro (un mago vestido completamente de negro, salvo su cabeza, que se coloca delante de un fondo de terciopelo del mismo tono nos parecerá una cabeza flotando en el aire).

Para el experimento que nos compete (imagen), los investigadores utilizaron un tapete negro. El reverso de las imágenes que veían los participantes en un inicio también era negro. Pero por debajo de cada una se había ocultado el retrato de la otra joven, cuyo reverso era rojo. Al volver las fotos cara abajo, las que el experimentador empujaba hacia el probando eran las que ahora se encontraban arriba (las de dorso rojo). El investigador reservaba para sí las de dorso oscuro, que se confundían con la superficie de la mesa hasta que, con disimulo, las arrastraba y dejaba caer en el regazo.

La primera sorpresa de los científicos fue que el trueque de las imágenes pasó desapercibido en numerosas ocasiones: los sujetos solo descubrieron en un 26 por ciento de los casos que la foto que recibían no era la que habían elegido. El segundo hallazgo les llamó todavía más la atención: cuando pidieron a los participantes que justificaran su elección (recuerde: la fotografía que habían elegido era otra), no vacilaron: «Es una chica preciosa. En una discoteca la sacaría a bailar. ¡Me encantan sus pendientes!», indicaba uno. Sin embargo, el retrato de la mujer que inicialmente había elegido no llevaba abalorios en las orejas.

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