Las dos culturas

Neurobiología de la ciencia y del arte.

REDUCTIONISM IN ART AND BRAIN SCIENCE: BRIDGING THE TWO CULTURES
Por Eric R. Kandel
Columbia University Press, Nueva York, 2016

En 1959, Charles Percy Snow (1905-1980), físico reconvertido en novelista, publicó Las dos culturas, una obra sobre la brecha que separaba la ciencia, centrada en el estudio de la naturaleza física del mundo, y las humanidades, que, como la literatura y el arte, abordan la naturaleza de la experiencia humana. Una división que solo se explicaba por el mutuo desconocimiento de los respectivos métodos y fines. Para progresar en el cono­cimiento y en beneficio de la sociedad, los científicos y los humanistas deberían encontrar puentes con los que salvar el abismo entre las dos culturas. A su imagen fueron avanzándose propuestas, como el ensayo de Edward Osborne Wilson en 1977 («Biology and the social sciences») o el libro de Leonard Shlain en 1993 (Art and Physics: Parallel visions in space, time, and light); el de John Brockman de 1995 (The third culture: Beyond the scientific revolution), el escrito por Vilayanur S. Ramachandran en 2011 (The tell-tale brain: A neuroscientist’ quest for what makes us human) y ahora este de Eric R. Kandel, quien en el año 2000 recibió el premio Nobel de medicina por sus trabajos sobre las bases biológicas del aprendizaje y la memoria.

Kandel levanta un puente entre la neurociencia y el arte moderno. En la ciencia del cerebro y el arte abstracto descubre metodologías similares y objetivos compartidos. Si los intereses humanistas del artista son palmarios, a los graves problemas de la existencia humana atiende también la ciencia del cerebro. La memoria aporta el fundamento de nuestra comprensión del mundo y de nuestro sentido de la identidad personal. Somos lo que somos, en buena medida, en razón de lo que hemos aprendido y recordamos. La comprensión de la base molecular y celular de la memoria constituye una etapa en el camino del conocimiento del yo. Recordando lo que hemos aprendido y apoyándonos en tales recuerdos, interaccionamos con el mundo. Esos mismos mecanismos resultan clave para responder a la obra de arte.

La convergencia entre creatividad imaginativa, propia del arte, y neurociencia se da de una manera singular en los expresionistas abstractos de la Escuela de Nueva York de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, un grupo que puso a prueba los límites de la experiencia visual. Hasta el siglo XX, el arte occidental había representado el mundo en una perspectiva tridimensional, plasmándolo en imágenes reconocibles y familiares. Pero el arte abstracto rompió con la tradición para mostrarnos el mundo de un modo insólito. Los pintores de la Escuela de Nueva York adoptaron un enfoque experimental. Exploraron la naturaleza de la representación visual y redujeron las imágenes a sus elementos esenciales de forma, línea, color o luz. En el arte occidental, la pintura renacentista se conforma a nuestras reglas cerebrales sobre la extracción normal de información relativa a la profundidad a partir de la luz incidente en la retina. Utiliza los elementos de perspectiva, escorzo, modelización y claroscuro para recrear el mundo tridimensional, esto es, las mismas herramientas que nuestro cerebro adquirió en el curso de la evolución para inferir una fuente tridimensional de las imágenes planas, bidimensionales de la retina. En la pintura abstracta, los elementos ya no son reproducción visual de los objetos, sino claves o referencias para conceptualizar los objetos.

El tránsito del arte figurativo al arte abstracto fue, en efecto, un ejemplo de reduccionismo, un camino iniciado por Pier Mondrian y los pintores de la Escuela de Nueva York Willem de Kooning, Jackson Pollock, Mark Rothko y Morris Louis. La reducción científica busca a menudo explicar un fenómeno complejo mediante el examen de uno de sus componentes a un nivel mecanicista más elemental. Desentrañar los niveles discretos de significado para comprender su organización e integración en una función superior. El reduccionismo científico puede aplicarse a la percepción de una línea, una escena compleja o una obra de arte.

El reduccionismo no es el único método utilizado en biología, ni siquiera en ciencia del cerebro. Mediante la combinación de enfoques llegamos a conocimientos importantes y a menudo decisivos, como se puso de manifiesto en los avances registrados en neurociencia cerebral a través del análisis computacional y teorético. Se dio un paso crucial en el estudio del cerebro con la síntesis científica que aconteció en los años setenta, cuando la psicología, la ciencia de la mente, se fundió con la neurociencia, la ciencia del cerebro. El resultado de esa unificación fue una nueva ciencia biológica de la mente, que permite a los científicos abordar un amplio espectro de cuestiones sobre nosotros: ¿cómo percibimos, aprendemos y recordamos? ¿Cuál es la naturaleza de la emoción, la empatía y la consciencia?

Para apreciar lo que la ciencia del cerebro puede aclararnos sobre la respuesta del observador ante una obra de arte, necesitamos saber de qué forma se genera nuestro sistema visual en el cerebro y de qué modo las señales sensoriales que se procesan en percepciones de abajo arriba son modificadas por influencias de arriba abajo y por los sistemas vinculados con la memoria y las emociones. En la primera dirección, los procesos de abajo arriba parten de un datum: confiamos en que el mundo es tal como lo vemos. Nos apoyamos en los ojos para alcanzar una información precisa y así nuestras acciones se fundan en la realidad. Si bien nuestros ojos aportan información que necesitamos para intervenir, no presentan a nuestro cerebro un producto acabado. El cerebro extrae información sobre la organización tridimensional de la realidad exterior a partir de la imagen bidimensional de la retina. Lo que resulta maravilloso de nuestro cerebro es que podamos percibir un objeto basándonos en una información incompleta; y podamos percibirlo siendo el mismo en condiciones llamativamente diferentes.

¿Cómo lo consigue el cerebro? Un principio guía en su organización es que todo proceso mental (perceptivo, emotivo o motor) descansa sobre grupos específicos de circuitos neurales especializados y ubicados en determinadas regiones del cerebro, en una distribución ordenadamente jerárquica. Las estructuras del cerebro son en teoría separables en cada nivel de organización; sin embargo, no podemos disgregarlas ni anatómica ni funcionalmente.

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