Dos envites de grueso calibre tiene ante sí la ciencia contemporánea. A saber, la interpretación de la mecánica cuántica y el funcionamiento del cerebro. Si importante la primera para conocer el mundo, sobran ponderaciones para resaltar el segundo, que a cada uno nos atañe. Conocerse a sí mismo, imperativo ético en su origen, entraña una tarea investigadora cuyos resultados trascienden el marco estrictamente científico para influir en campos más humanísticos. A cada paso que ha ido dando la inquisición experimental, desde la neurología originaria hasta su ramificación actual en una fronda de neurociencias, la filosofía ha vuelto a plantear las mismas cuestiones inveteradas y controvertidas: ¿qué es la persona? ¿Qué la conciencia y el libre albedrío? ¿Qué las emociones y sentimientos?

Ante su apariencia anodina, hecho de grasa en un 60 por ciento, nadie diría a primera vista que el cerebro desempeña alguna función crucial en el organismo o que pudiera procesar la información con una rapidez que ningún ordenador ha alcanzado. Además, se ha hecho con esa capacidad en el curso de la evolución biológica, con todo lo que ello supone de tanteo y redundancia. Pero empezamos a comprender cuando advertimos que dispone de unos 100 billones de unidades básicas de procesamiento, las neuronas, y que cada neurona establece contactos con otras 10.000. Atendiendo a los componentes lipídicos del encéfalo, los ácidos grasos poliinsaturados omega-3 y omega-6, tiende hoy la paleoantropología a delimitar el origen de la expansión del cerebro que llevó a la individuación de nuestra especie, no en las sabanas abiertas, abundantes en carne, sino en las orillas de lagos y mares, ricas en peces, huevos de aves acuáticas y moluscos. Atendiendo a su función procesadora, físicos, matemáticos e informáticos han creado modelos miméticos parciales; por ejemplo, retinas artificiales que replican la visión, implantes cocleares para sordos y estimuladores eléctricos para pacientes con parálisis muscular. ¿Llegarán, por esa vía, los robots a superar la creatividad humana? No parece, salvo que llamemos inteligentes a los programas, lo que constituye un abuso del lenguaje. El lenguaje, que nos lleva al pensamiento en él encerrado, constituye, justamente, uno de los rasgos distintivos del hombre.

Mente y cerebro nace esperanzada en el país que alumbró a Santiago Ramón y Cajal y a Leonardo Torres Quevedo, hace ciento cincuenta años. Si al primero debemos el modelo de la estructura y función del sistema nervioso que sigue vigente, fue mérito del segundo anticiparse a la era de los autómatas que han cambiado la faz del mundo. En el rigor de ambos nos espejaremos para evitar falsas proclamas apodícticas —tan rotundas cuan infundadas— sobre nuestro yo, la inteligencia o las emociones. En este terreno, en el que los progresos pueden parecer de exasperante lentitud, no nos moveremos un ápice del sentir de Cajal: “En mi modesta obra, el trabajo ha suplido al talento, y el esfuerzo obstinado a la intuición genial. Incapaz de forjar esas hipótesis luminosas que parecen anticipaciones y presagios de ignotas realidades, he marchado siempre dócilmente detrás de los hechos, nunca o casi nunca delante. Los he interrogado para recoger fielmente sus respuestas, y me he abstenido en lo posible de dictáserlas de antemano”.

En la singladura que hoy iniciamos no nos mueve otro fin que el de ofrecer al lector español e hispanoamericano los términos exactos de un campo del saber en cuyo avance la participación de nuestros científicos ha cumplido, y sigue cumpliendo, un papel muy digno. Contamos con su colaboración. Partimos de Gehirn und Geist, de espléndida acogida en el mundo alemán. En nuestra ventura, la experiencia acumulada en los más de veinticinco años de Investigación y Ciencia y, sobre todo, la exigente fidelidad de sus lectores, habrán de facilitarnos la tarea, al par que nos animan a emprenderla.

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