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  • Mayo/Junio 2017Nº 84
Retrospectiva

Retrospectiva

Del autismo al espectro autista

Relacionar la historia del autismo con un único autor, una descripción concreta o una fecha clave resulta imposible. Tras siete décadas de debate, la pregunta sigue abierta: ¿se trata de un solo trastorno?

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¿Quién fue el padre del autismo? Si nos atenemos a los datos históricos, la respuesta es Leo Kanner (1896-1981), psiquiatra judío de origen austríaco que utilizó por primera vez el término autismo para referirse a una enfermedad novedosa. Sin embargo, en una realidad histórica caben diversas interpretaciones. Es entonces cuando surgen preguntas que, más que respuestas, generan nuevas preguntas.

Para entender el autismo a partir de sus raíces y su desarrollo durante siete décadas resulta necesario reflexionar sobre algunas cuestiones básicas: ¿existían otras alternativas como punto de partida para describir el autismo? Si así fuera, ¿por qué no se tuvieron en cuenta? Todo ello desemboca en cuestiones más simples y trascendentes, para las cuales todavía no hay respuestas definitivas. ¿Qué es el autismo? ¿Existe realmente?

El término autismo, aunque con significado distinto al de Kanner, ya había sido utilizado en 1908 por el psiquiatra suizo Paul Eugen Bleuler (1857-1939). La palabra deriva del griego clásico: autos («uno mismo») e ismos («modo de estar»). Bleuler lo consideraba un síntoma de la esquizofrenia que hacía referencia a la pérdida de contacto con el mundo real y que se expresaba como la sensación de estar encerrado en uno mismo y aislado socialmente. Para Kanner, en cambio, el significado iba más lejos, pues no se trataba de un síntoma, sino de una enfermedad distinta de la esquizofrenia.

Kanner nació el 13 de junio de 1896 en Klekotiv, un pueblecito de Austria que actualmente pertenece a Ucrania. Tras sus estudios de medicina en Berlín, interrumpidos por la Primera Guerra Mundial, emigró a Estados Unidos en 1924. No tardó en interesarse por la psiquiatría y, en especial, por los problemas de salud mental infantil. Su dedicación se vio recompensada en 1930, cuando le nombraron director del HospitalJohns Hopkins de Baltimore. En dicho centro desarrolló el que sería el primer servicio de psiquiatría infantil de Estados Unidos.

En el año 1943 publicó el artículo por el cual se le atribuye la paternidad del autismo: «Trastornos autistas del contacto afectivo». A modo de declaración de intenciones manifestaba en la introducción: «Desde 1938 me ha llamado la atención una condición que difiere de forma tan marcada y única de algo que ya esté descrito, que cada caso merece, y yo espero que va a recibir, una consideración detallada acerca de sus fascinantes peculiaridades». A continuación añadía: «Estas características conforman un único síndrome no referido hasta el momento». El trabajo, que se sustentaba en la descripción minuciosa de once pacientes (ocho niños y tres niñas), mostraba un fenotipo basado en tres aspectos básicos: incapacidad para establecer relaciones con las personas, retraso y alteraciones en la adquisición y el uso del habla y del lenguaje e insistencia obsesiva en mantener el ambiente sin cambios. Además, especificaba que los síntomas aparecían a consecuencia de una soledad extrema y un deseo intenso de preservar la identidad.

«Era feliz cuando se encontraba solo, casi nunca lloraba para estar con su madre, no parecía notar el regreso a casa de su padre y mostraba indiferencia ante las visitas de los familiares». Así era descrito Frederick, uno de sus pacientes, que manifestaba ausencia de reciprocidad social y emocional. En Donald, destacaba la falta de atención hacia las otras personas: «La relación con los demás no tenía otro objetivo que el de pedir ayuda o información». Sobre este niño también subrayó la ausencia de juego social: «Abrió una caja, sacó un teléfono de juguete e iba repitiendo: “Quiere el teléfono”. Se paseó con el auricular y el receptor, tomó unas tijeras y, con habilidad y paciencia, recortó en pedazos una hoja de papel mientras cantaba: “Cortando papel”».

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