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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2017Nº 84
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Mente animal

La sorprendente inteligencia de los cefalópodos.

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OTHER MINDS: THE OCTOPUS, THE SEA AND THE DEEP ORIGINS OF CONSCIOUSNESS
por Peter Godfrey-Smith
Farrar, Straus & Giroux, Nueva York, 2016

Inspirado en William James, psicólogo que escribió a finales del siglo xix sobre el origen de la consciencia, que él consideraba resultado de un continuum desde la materia inerte hasta el hombre, sin saltos, Other Minds recuerda que la vida comenzó en la Tierra hace unos 3800 millones de años, unos setecientos después de su constitución como planeta. Los animales llegaron hace unos mil millones de años. A lo largo de la mayor parte de la historia de la Tierra hubo, pues, vida, pero no animales; medraban organismos unicelulares que habitaban en los mares. Podían sentir y reaccionar, controlar sus movimientos y sintetizar moléculas en respuesta a estímulos del medio. Un mecanismo registraba qué condiciones eran las correctas en un momento dado; otro mecanismo registraba cómo sucedieron las cosas unos segundos antes. Para que un organismo se comportara así, una parte del mismo debía ser receptiva y la otra, activa. El microorganismo tendía una suerte de arco o puente entre ambas partes. Por mor de referencia, fijémonos en Escherichia coli. Detecta sustancias favorables y desfavorables de su entorno y reacciona acercándose a las sustancias agradables y alejándose de las nocivas.

Tras las bacterias llegaron organismospluricelulares. Los primeros sistemas nerviosos se formaron probablemente en parientes de medusas. (Según es sabido, la actividad de las neuronas depende de dos factores: uno es su excitabilidad eléctrica, observada en especial en el potencial de acción, una suerte de espasmo eléctrico que se desplaza a través de la célula en una reacción en cadena; el otro factor es la sensación y la señalización químicas. Una neurona liberará un fino chorro de sustancias químicas en la hendidura sináptica.) Los nervios se relacionan con órganos fotosensibles para coordinar, por ejemplo, ritmos circadianos. El sistema de control del movimiento puede terminar por entrelazar los fotosensores. En ese papel, los octópodos desempeñaron un papel del máximo interés. De hábitos solitarios y dotados de cerebros grandes y complejos, poseen un sistema nervioso peculiar cuya arquitectura difiere de la que poseen los vertebrados. La mayoría de las neuronas de un cefalópodo no se almacenan en un cerebro central, como en los vertebrados, lo que parece que les da cierto grado de autonomía. Los octópodos son moluscos. En el Cámbrico los moluscos adquirieron concha. La concha supuso una respuesta ante la depredación.

Mamíferos y aves se consideran los animales más inteligentes. En los últimos años, sin embargo, se ha ido viendo con claridad creciente que una rama muy alejada de los anteriores en el árbol de la vida ha desarrollado también una inteligencia elevada: los cefalópodos, que abarcan pulpos, calamares y nautilos. Los dos experimentos evolutivos comenzaron hace unos 600 millones de años, con la divergencia entre vertebrados e invertebrados. Las neuronas evolucionaron probablemente antes, hace de 700 a 800 millones de años. El último antepasado común que compartimos con los cefalópodos era un organismo bilateral, con lado izquierdo y derecho, así como arriba y abajo o frontal y caudal. Tras la separación, nuestro cuerpo y nuestro cerebro siguieron cursos evolutivos distintos hasta terminar alcanzando funciones muy dispares y sorprendentemente similares.

Desarrollaron grandes cerebros para compensar su vulnerabilidad. El cerebro de un octópodo común alcanza los 500 millones de neuronas, una inteligencia que compite con la de los perros e incluso un bebé de tres años. Pero, a diferencia de las neuronas de un vertebrado, las neuronas de un octópodo se distribuyen por todo el cuerpo, brazos incluidos, que actúan como agentes de uno mismo y sienten a través del gusto y del tacto. Para el octópodo, el cuerpo es proteano, pura posibilidad. Vive fuera de la usual división entre cuerpo y cerebro. Los cefalópodos constituyen una isla de complejidad mental en el mar de los animales invertebrados. Se han desarrollado en una trayectoria evolutiva distinta de la nuestra. Se trata de una suerte de experimento independiente en la evolución de grandes cerebros y conductas complejas. Para realizar actos novedosos se requiere consciencia, que trasciende la rutina y el instinto. Los octópodos manipulan medias cortezas vacías de coco, indicio de que están investigando las formas antes de utilizarlas. Juegan. Reconocen a los individuos, sean humanos u otros pulpos. Igual que nosotros, exhiben cualidades de cautela y temeridad. Poseen una habilidad casi fotográfica para el camuflaje; ven con su piel y se valen de cromatóforos, iridóforos y leucóforos para detectar y reflejar la sombra y patrones de rocas o arena. En los experimentos de laboratorio, alcanzan buenos resultados: hábiles en la resolución de laberintos o en destapar jarras que contienen alimento; se valen de claves visuales para alcanzar su meta. Muestran también un sentido de la astucia, arrojando agua a los investigadores enojosos. En cierta ocasión, los responsables de un acuario advirtieron que algunos peces del estanque vecino desaparecían por la noche. El circuito cerrado de la televisión reveló que el pulpo abandonaba su recinto, saltaba sobre el pez, lo comía y volvía sobre sus pasos como si nada hubiera sucedido. En otro lugar, un pulpo aprendió a apagar las luces arrojando agua contra las bombillas. Los cefalópodos no solo son conscientes de su entorno, sino que se aprestan a manipularlo. Quizás estos animales, tan increíblemente sensatos, que aprenden de los demás y cambian su forma y color son más sociales de lo que se sospechaba. Sin embargo, saber qué es lo que sienten o piensan queda todavía lejos de nuestro alcance.

En cautividad, los octópodos identifican a sus cuidadores humanos, se adentran en estanques vecinos para depredar, apagan bombillas arrojando chorros de agua, abren tapones y realizan atrevidas escapadas. ¿Cómo es que semejante creatura con tales dotes siguió un curso evolutivo tan distinto del nuestro? ¿Significa eso que la evolución construyó la mente no una vez, sino dos al menos? Podemos, en efecto, hablar de experimentos independientes, aunque paralelos, en la evolución de los correlatos neurales de la mente. Nuestro último antepasado común vivió posiblemente hace 600 millones de años. Poseería la forma de un pequeño platelminto. Los vertebrados comparten una arquitectura del sistema nervioso peculiar, heredada. Los cefalópodos presentan otra distinta. Con una cifra de neuronas equiparable a la de los mamíferos, el cerebro de los octópodos se encuentra distribuido: sus brazos alojan el doble de neuronas que su sistema central. Presentan tres corazones. Los bucles nerviosos pueden conceder a los brazos su propia forma de memoria. Su piel es sensible a la luz y responde a ella. Un octópodo se halla tan sumergido en su sistema nervioso que no existe un límite claro entre cerebro y cuerpo.

La inteligencia de los octópodos pudiera asimilarse a lo que cabría suponer en una inteligencia alienígena, imagina Peter Godfrey-Smith. Sus brazos forman parte de su yo: pueden dirigirse y utilizarse para manipular objetos; pero desde la perspectiva del cerebro central son, en parte también, no-yo, agentes de sí mismos. ¿Cómo logró el pulpo, un organismo solitario con escasa vida social, ser tan inteligente? ¿Qué sentido tienen para él los ocho tentáculos, dotados de neuronas que virtualmente piensan por sí mismas? ¿Qué acontece cuando abandonan sus hábitos eremitas y se congregan, como se ha observado en la costa de Australia? A imagen de los humanos, los cefalópodos pueden categorizar. Apagan las bombillas de noche, provocando cortocircuitos. Diríase que tienen sus propias ideas. Unos se muestran tristes; otros, confiados o divertidos; unos se alegran de ciertas compañías humanas; a otras les arrojan un desdeñoso chorro de agua. Reconocen el rostro humano. Se ha confirmado que los calamares gigantes del Pacífico distinguen incluso a las personas que portaban idénticos uniformes.

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