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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Noviembre/Diciembre 2018Nº 93

Dolor crónico

Aprender a vivir con el dolor

Cuando el dolor crónico se resiste al tratamiento farmacológico, queda otra salida: las psicoterapias enseñan al paciente a vivir activamente con él, en vez de sufrirlo de forma pasiva.

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Después de soportar durante largos meses, incluso años, un dolor crónico intenso y de origen desconocido, un buen día le comunican: «Todo está dentro de su cabeza». No puede dar crédito a sus oídos. ¿Es eso posible? En cierto modo, sí, puesto que la sensación dolorosa surge en el cerebro. No obstante, múltiples factores contribuyen a que ese malestar persista; entre ellos, su origen, la personalidad del afectado y el contexto en que se manifiesta. A pesar de los avances científicos y de la medicina, por ahora no dominamos todos esos factores. Aun así, las psicoterapias pueden ayudar a mitigar el dolor crónico, sobre todo, cuando se resiste a otros tratamientos.

Al contrario de lo que se suele pensar, la sensación de dolor no es proporcional a la gravedad de una herida. De hecho, ciertas lesiones no implican dolor (una verruga, por ejemplo). Asimismo, una sensación dolorosa puede surgir sin que se acompañe de una lesión (como la cefalea a causa del cansancio). Ello ocurre porque el dolor consiste, precisamente, en una sensación. También es una «emoción» asociada a un determinado contexto. Así, el dolor que se sufre en el curso de un cáncer se diferencia del que se experimenta durante un examen universitario: el estrés relacionado con cada una de las situaciones no es el mismo. Nuestra atención y nuestras emociones desempeñan un importante papel en este contexto. Además, no todas las personas son igual de sensibles al dolor. En pocas palabras, podría decirse que las expectativas que se tienen cuando se sufre dolor, el estrés que se experimenta y el miedo a padecer esa sensación son, por este orden, los principales factores que influyen en su percepción.

En 2007, Serge Marchand y otros científicos de la Universidad de Sherbroocke demostraron que la sensación de dolor aumenta si creemos que un estímulo (aunque este sea de baja intensidad) nos va a hacer daño. Inconscientemente, impedimos que actúen los mecanismos naturales del cerebro y la médula espinal para la inhibición el dolor. También en 2007, Luana Colloca, de la Universidad de Turín, junto con otros investigadores, hallaron que cuando una persona tiene expectativas negativas y sospecha que el dolor se agravará segrega más colecistoquinina, un neurotransmisor que facilita la sensación dolorosa.

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