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Actualidad científica

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  • Noviembre/Diciembre 2018Nº 93

psicología experimental

Cómo hacer la psicología más fiable

Muchos intentos de reproducir los resultados que se han obtenido en célebres estudios de psicología han fracasado. Entre los factores responsables de este fenómeno se halla el llamado sesgo del experimentador.

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En 2015, unos 270 investigadores de todo el mundo se reunieron para determinar si los estudios de psicología se pueden replicar, es decir, si se pueden obtener los mismos resultados de un experimento previo, usando los mismos métodos pero con participantes y científicos distintos. El filósofo de la ciencia Karl Popper (1902-1994) precisó en el siglo xx: «Los acontecimientos singulares no reproducibles carecen de significación para la ciencia». Los científicos seleccionaron 100 estudios, en un principio sólidos, que se habían publicado en tres revistas sobre psicología. Reprodujeron los experimentos con el fin de comprobar si obtenían los mismos resultados. Si bien el 97 por ciento de los trabajos originales presentaban resultados estadísticos significativos, solo se pudieron confirmar en el 36 por ciento de los casos.

¿Cuáles son las causas de la falta de fiabilidad? Además de la poca robustez de los métodos estadísticos empleados y de la tentación de exagerar los resultados, es legítimo preguntarse si el comportamiento humano ha podido desempeñar una función en la dificultad de replicar los estudios, fenómeno que se conoce como el sesgo del experimentador. Quien lleva a cabo el experimento puede modificar, involuntariamente, los resultados.

Con todo, no se trata de ninguna práctica novedosa. El sesgo del experimentador cuenta con una larga historia, cuyos inicios se remontan a principios del siglo xx. En aquella época, Hans el Listo, un bello ejemplar de caballo berlinés, causaba sensación en todas las cortes europeas: el animal sabía calcular. Cuando Wilhelm von Osten, su amo, le preguntaba cuántas mujeres del público llevaban paraguas, o incluso, sobre los factores de 28, Hans golpeaba el suelo con la pezuña para indicar el número correcto. Hans, lógicamente, suscitaba controversias. ¿Estaban los animales dotados de razón? ¿O se trataba de un simple fraude?

Con el objetivo de responder a esas preguntas, en 1904 se constituyó en Berlín una comisión formada por un tribunal ecléctico de personalidades, entre las que se encontraban un director de circo, un veterinario y el profesor Carl Stumpf (1848-1936), en aquel tiempo jefe del Instituto Psicológico de Berlín. La comisión llegó a la conclusión de que no existía ninguna trampa, pero no podía explicar las espectaculares competencias de Hans el Listo. Stumpf encargó a su estudiante Oskar Pfungst (1874-1933) que llevara a cabo una serie de experimentos ingeniosos. Estos marcaron un hito en la psicología experimental.

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