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1 de Noviembre de 2018
Pediatría

Dolor crónico infantil

El interés por el dolor crónico en los adultos ha aumentado de manera notable en las últimas décadas, pero no ha sucedido igual con la población infantil. Falta más investigación para mejorar la evaluación y el tratamiento de los niños.

ISTOCK/KEVINDYER

En síntesis

Aunque el dolor crónico infantil es un problema de salud grave, se ha investigado poco. Los estudios publicados indican que hasta el 37 por ciento de la población entre los 8 y los 18 años informa de problemas crónicos de dolor.

La dolencia afecta diversas esferas de la vida del niño. La depresión y la ansiedad resultan muy habituales. A menudo tienen dificultades para dormir o concentrarse y sienten que son «una carga» para sus familiares y cuidadores.

El tratamiento más adecuado para esta población debe ser multidisciplinar. Entre las diferentes alternativas, destaca la terapia basada en el modelo cognitivo-conductual. Las intervenciones deberían realizarse en unidades especializadas, como ya sucede en el caso del dolor crónico en pacientes adultos.

Los padres de J., de 12 años, están preocupados. La niña no duerme, apenas come y parece triste y cansada. Tras consultar a diversos médicos y no encontrar una respuesta concreta que explique los síntomas de su hija, un pediatra resuelve la incógnita: J. sufre dolor crónico. ¿Cómo es posible, si los niños no padecen este tipo de trastornos? ¿Quizá su hija sea un caso excepcional? Las investigaciones más recientes demuestran lo contrario: en la actualidad, el dolor crónico infantil constituye un problema de salud extenso, sin embargo, apenas se ha estudiado, por lo que se conoce poco. Además, con frecuencia se ha infravalorado.

Hasta los años setenta del siglo pasado son escasas las publicaciones que tratan sobre el dolor infantil. Además, en los pocos artículos que se publican abundan las creencias erróneas. Así, la idea más extendida hasta bien entrada la segunda mitad del siglo xx era que la sensibilidad de los niños al dolor era reducida, por lo que, como mucho, se les administraba una anestesia mínima, incluso en intervenciones de cirugía mayor. Afortunadamente, este panorama ha cambiado en los últimos 30 años. Entre otros conocimientos, se sabe que los niños, incluso los prematuros, son capaces de sentir, procesar y reaccionar ante estímulos nociceptivos. En otras palabras, la estructura neuroanatómica, los mecanismos neurofisiológicos y el sustrato neuroquímico necesarios para la percepción del dolor están presentes desde el momento del nacimiento, incluso antes. También se ha constatado que el dolor puede causar en el niño importantes efectos conductuales (como favorecer las respuestas de miedo y evitación ante situaciones o actividades determinadas), así como en el sistema inmunitario (disminuye su eficacia, por ejemplo), cambios que pueden llegar a ser permanentes.

Una vez superada la etapa en la que se negaba la posibilidad de que los niños pudieran experimentar dolor crónico, ahora nos hallamos en otra que reclama la creación de unidades especializadas para el tratamiento del dolor crónico infantil, de características e importancia parecidas a las que ya existen para los adultos.

Más allá de los síntomas físicos

La forma de entender el dolor ha experimentado importantes cambios a lo largo de la historia. Los últimos 50años han sido revolucionarios: se ha progresado desde una visión restrictiva, unidimensional, que considera el dolor un fenómeno de naturaleza física o fisiológica, a otra más amplia, de carácter multidimensional. En este sentido, el trabajo de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés) ha sido fundamental. En 1979, el subcomité de taxonomía definió el dolor de la siguiente manera: «Una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a una lesión hística real (actual) o potencial o descrita en términos de la misma». Esta definición indica que, en esencia, el dolor no se puede reducir a una mera sensación, pues también se trata de una experiencia en la que las emociones ejercen un papel determinante.

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