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1 de Noviembre de 2018
Neurodegeneración

El mañoso apático

El señor W., de 71 años, era un hombre muy activo, hasta hace dos años. De manera paulatina, ha ido reduciendo sus quehaceres y, ahora, se pasa toda la mañana tumbado en la cama sin ganas de hacer nada. La degeneración de la parte anterior del cerebro le ha vuelto perezoso o, mejor dicho, apático.

ISTOCK/JUANMONINO

En síntesis

En dos años, el septuagenario señor W. ha pasado de ser una persona activa a convertirse en un hombre apático.

Además de apatía, presenta un pensamiento poco creativo y organizado: le cuesta iniciar y planificar acciones.

El señor W. sufre una degeneración de los lóbulos frontales, área cerebral que se relaciona con la motivación, la planificación y las funciones ejecutivas. La apatía es un síntoma común en estos trastornos.

La señora W. entra en mi despacho: «Doctor, ¡no quiere hacer nada! Me agota. Ha llegado a tal extremo que si no se lo repito tres veces no se lava, no se viste y se pasa toda la mañana en la cama, en pijama. A mediodía, se sienta en el salón para ver la tele. Incluso un día me lo encontré sentado frente al televisor, que estaba apagado, sin hacer nada, ni siquiera encendió el aparato. Al principio, me planteé que podría tratarse de una depresión. Pero no. Cuando le pregunto cómo está, me dice que todo va bien. No se queja ni parece triste. Antes era un hombre muy activo y mañoso. En pocas palabras, se ha vuelto terriblemente perezoso».

¿Perezoso o apático?

Detengámonos en la última palabra con la que la señora W. describe el comportamiento exasperante de su marido, de 71 años. Utiliza el adjetivo perezoso. En principio, su esposo parece un hombre capaz de realizar actividades e, incluso, interesado en llevarlas a cabo, pero no lo hace. Una persona perezosa no carece de competencias ni de conocimientos; simplemente, no actúa ni está dispuesto a ello. Si el señor W. se ha vuelto perezoso en los últimos dos años y de manera progresiva, hasta el punto de abandonar tareas que aparentemente le resultaban agradables, lo más probable es que exista una razón médica, no pura vagancia. En este contexto, los profesionales de la salud no hablan de pereza (término peyorativo reservado a un rasgo del carácter normal que destaca en unas personas más que en otras), sino de apatía, vocablo que designa un auténtico síntoma neuropsiquiátrico.

Sin duda, la frontera entre lo normal y lo patológico resulta borrosa. Por ello, científicos del hospital La Pitié-Salpêtrière, en París, han propuesto una definición de la apatía que permita identificarla de manera adecuada. A saber, se trata de una disminución de la conducta voluntaria destinada a un objetivo. Conviene resaltar dos aspectos de esta definición. En primero lugar, voluntaria se refiere a que un paciente apático no va a actuar por sí mismo, sino cuando se le estimula, como la señora W. actúa con su marido para que se ponga en movimiento, se lave y se vista. De igual manera, el adolescente vago, un caso no patológico, se instala en el caos de su habitación hasta que los padres lo incitan con energía para que pase a la acción. El segundo aspecto, la conducta destinada a un objetivo, subraya que solo cuentan como acciones auténticas aquellas que tienen un sentido o un objetivo. Alguien podría decir: «No soy apático. Me paso todo el día sentado en una silla, pero muevo con energía los pulgares.» Sin embargo, mover los pulgares es una acción estereotipada, carente de finalidad. Algunos pacientes apáticos se pasan las horas doblando y desdoblando pañuelos, subiendo y bajando escaleras o contando las baldosas del suelo. Estas son actividades sin sentido.

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