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  • Noviembre/Diciembre 2018Nº 93

Psicología

Explicar la muerte a los niños

Los niños lidian con la pérdida de un ser querido de manera distinta que los adultos. Los terapeutas de acompañamiento en duelo pueden ayudarles a superar la situación y aconsejar a los padres y familiares sobre el modo de tratar el tema con los más pequeños.

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La feliz vida en familia llegó a un repentino final hace tres días. El padre falleció en un accidente de coche. La esposa, de 39 años de edad, y el hijo en común, de 8 años, afrontan la nueva situación. ¿Cómo encaja un niño la muerte de un familiar cercano? ¿De qué modo se le puede ayudar? La madre de Sergio* no está segura de cómo debe actuar con su hijo y explicarle lo inconcebible: su padre ha muerto y nunca más volverá. Por esa razón, se dirige al servicio de ayuda de la Soberana Orden de Malta, una organización católica con proyectos sociales, médicos y humanitarios que opera en 120 países del mundo. Entre sus servicios se encuentra el acompañamiento en el duelo de forma grupal para niños de 8 a 14 años, así como de manera individual para niños de entre 6 y 18 años.

«Los niños lloran la muerte de manera distinta a los adultos», explica Christine Hass-Schuster, terapeuta especializada en procesos de duelo. La mayor diferencia reside en que los pequeños descubren un trocito de mundo cada día. «Están acostumbrados a moverse sobre terrenos poco seguros», continúa. «Por el contrario, los adultos creen tenerlo todo bajo control.» Así, cuando se enfrentan a la pérdida de una persona, rápidamente se les derrumba el mundo. Los niños, en cambio, afrontan la situación como si de un juego se tratara, y son felices. «A los adultos puede parecerles que no están de duelo o que les es indiferente.»

Incluso la madre de Sergio se sorprende del comportamiento de su hijo. Puede reír y suprimir por completo la muerte de su padre, como si nada hubiera ocurrido. Pero los adultos no debemos confundirnos: los niños procesan el duelo de ese modo. «Intentan recuperar su equilibrio mental», explica Hass-Schuster. El comportamiento de Sergio es normal. «El alma solo tolera lo que es capaz de resistir.» Los niños saltan de charco a charco de duelo; los adultos, en cambio, caminamos por un río de duelo. Los niños a veces lloran, otras ríen; a veces se muestran furiosos, tercos o tienen miedo. Por ese motivo, la consulta a un acompañante en duelo puede ayudar. «Nosotros no estamos involucrados emocionalmente y mantenemos la distancia necesaria», afirma Hass-Schuster.

Cuando entró en la habitación de Sergio por primera vez, el niño jugaba de rodillas sobre la alfombra: estaba terminando de construir una torre con piezas de lego. «Mira lo que he hecho», le explicó orgulloso. «Es un edificio, y después construiré un aparcamiento.» Tras un cálido saludo, la mujer se sentó al lado del niño. Juntos, ordenaron los juguetes. Entonces, ella abrió la maleta que había traído y Sergio le ayudó a vaciarla. Entre otros objetos, sacó una vela y una piedra. Era la piedra para hablar: quien la tuviese, hablaba. Durante dos horas, la terapeuta intentaría conversar con el pequeño sobre la pérdida del padre y sus sentimientos, pero solo hasta donde él le permitiera.

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