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La ciencia de lo adorable

Cómo la exposición a objetos lindos influye en nuestras percepciones y acciones.

THEPEACHPEDDLER/CREATIVE COMMONS (CC BY-SA 2.0)

En su primer año en el instituto, uno de los autores (Susana) solía llevar unos muñequitos de plástico a los exámenes... por si le traían suerte. Alineaba las figuritas en su pupitre y, tras ello, se ponía a responder las preguntas. Su colección mereció el reproche de algunos profesores, pero ninguno llegó a quejarse formalmente. Aquello se convirtió en una costumbre, y Susana siguió llevando las figuritas todo el curso. Aunque solía obtener buenas calificaciones, nunca pensó en serio que los juguetitos tuvieran algo que ver; excepto, tal vez, porque abrían una especie de refugio mental en los momentos de tensión. Bueno, eso pensaba hasta ahora. En estudios recientes se ha empezado a indagar sobre por qué consideramos que algo es adorable y las sorprendentes formas en que la emoción que produce la lindeza afecta a nuestra conducta y nuestro desempeño.

¿Qué confiere la propiedad de lindeza?

Konrad Lorenz (1903-1989), premio nóbel y uno de los padres de la etología, propuso en 1943 que ciertos rasgos de animales muy jóvenes (una frente redonda y prominente, una cabeza grande con respecto a su cuerpo o unos ojos grandes; las llamadas características neoténicas) atraen hacia ellos los cuidados de sus progenitores. Estos cuidados, que suelen ir acompañados de alimentación, pueden facilitar la supervivencia de la progenie, y han sido descritos como una de las funciones fundamentales de la cognición social en humanos. Lo que viene a decir que estamos neuralmente cableados para responder positivamente a lo que nos parece adorable o lindo. De hecho, tan vigorosa es en nosotros tal querencia, que no se ciñe a los bebés humanos, pues se extiende a cachorros, juguetes, personajes de animación e incluso a objetos domésticos que exhiben rasgos de lindeza similares. Figuras como Mickey Mouse o los osos de peluche han ido evolucionando generación tras generación para hacerse más amorosos y parecidos a los bebés. También en los automóviles se aprecia una tendencia al antropomorfismo similar.

Las imágenes «monas» son populares en todo el mundo. Se recurre a ellas en la mercadotecnia, en las modas o en el diseño; sobre todo en Japón, donde incluso en la población adulta el infantilismo se considera una cualidad social. Esta apreciación es responsable de la producción masiva de juguetes Pokémon y Hello Kitty, así como de libros manga, entre otros muchos productos. Tales objetos suelen describirse como Kawaii, un adjetivo japonés que se traduciría por «mono» o «lindo» en español.

Pero sigue resultando difícil explicar desde el punto de vista científico la sensación de que algo es lindo. Una importante razón de ello es la relativa penuria de investigaciones sobre el tema. Los estudios concernientes a emocio­nes como el miedo pasan del millar, pero hasta la fecha apenas una decena se orientan hacia lo que nos parece adorable. No obstante, en los últimos años, el panorama científico ha empezado a cambiar, y son más los laboratorios que están empezando a interesarse por los efectos de la lindeza sobre nuestra actividad diaria.

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