Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

  • 13/12/2018 - Tecnología

    Un dispositivo para medir nuestra exposición al sol

    Colocado en la piel o la ropa, el pequeño aparato aporta datos sobre la cantidad de radiación ultravioleta, visible e infrarroja que acumula el organismo. Destacan sus múltiples aplicaciones tanto cosméticas como médicas.

  • 12/12/2018 - Climatología

    Oscurecer el sol para enfriar la Tierra: el primer experimento

    Unos investigadores tienen pensado rociar la estratosfera con partículas que reflejen la luz solar. En última instancia, de esta forma se podría reducir deprisa la temperatura de la Tierra.

  • 12/12/2018 - Envejecimiento

    La tenacidad beneficia la salud física

    Las personas de edad avanzada tenaces pero también flexibles en sus objetivos gozan de un espacio vital mayor y, con ello, de más relaciones sociales y actividades físicas.

  • 11/12/2018 - glaciología

    Se acelera la pérdida de hielo de Groenlandia

    Los testigos de hielo, los datos de los satélites y los modelos climáticos revelan la violenta transformación de la vasta capa de hielo.

  • 11/12/2018 - Neuropsicología del desarrollo

    ¿Infecciones que desencadenan trastornos mentales?

    Un estudio realizado en Dinamarca asocia la invasión de microrganismos patógenos, durante la infancia y adolescencia, con el desarrollo de la esquizofrenia y otras alteraciones de la personalidad y la conducta.

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Mente y Cerebro
  • Noviembre/Diciembre 2018Nº 93
Libros

Reseña

Gratuito

Más allá del cerebro

Una nueva teoría fisicista de la mente.

Menear

THE BIOLOGICAL MIND
Por Alan Jasanoff
Basic Books, Nueva York, 2018

 

Para muchos, el cerebro es la sede de la identidad y autonomía personal. Un reduccionismo apriorista, con escasa base científica. No es ninguna novedad, pues durante milenios, el ser humano ha buscado su naturaleza genuina, su individualidad. Los egipcios de la antigüedad clásica creían en un alma tripartita, compuesta de las entidades ka, ba y akh, que definían las propiedades del ser vivo y de poseer una personalidad singular, única. Los escritos védicos describen el atman, un principio de vida, que transmigra de un ser a otro en el curso de ciclos repetidos de nacimiento, muerte y renacimiento. En el Pentateuco hebreo, nefesh es un espíritu efímero que muere con su portador, mientras que la cultura clásica europea proponía la existencia de un principio animador o psyche. Las investigaciones de Galeno ayudaron a buscarle un asiento cerebral a las facultades cognitivas. Fue, no obstante, Hipócrates de Cos, que escribió cuatro siglos antes que Galeno, quien proclamara que el cerebro constituía la sede de la razón, sensación y emoción, en tanto que los romanos contemporáneos de Galeno mantenían la teoría cardiocéntrica aristotélica, de acuerdo con la cual el corazón y el sistema vascular controlaban el cuerpo, cerebro incluido.

De ese modo, hasta tiempos muy recientes se había venido dejando en muy segundo plano la realidad física asociada a la función mental. Seguimos ignorando en buena medida, tal es la tesis del libro de cabecera, la influencia del cuerpo en nuestra psicología; mas no solo del cerebro, sino también de los metabolitos, de las bacterias de la flora intestinal y otros. No nos percatamos de las múltiples maneras en que el entorno condiciona nuestro comportamiento a través de factores que van desde la visión y el sonido subconsciente hasta el tiempo atmosférico. Resultado de todo ello, sobreestimamos nuestra capacidad de libre albedrío o igualamos el cerebro a máquinas inorgánicas, como las computadoras. Pero el cerebro no es ni alma ni red eléctrica; es un órgano corporal que no podemos aislar de su entorno. El ser humano no se encuentra confinado en el interior de su caja craneana; es el cuerpo entero y más allá de él. Mientras no nos percatemos de ello, no comprenderemos la naturaleza de nuestra humanidad.

El cerebro es de un material muy parecido a otros tejidos y órganos. Presenta una consistencia gelatinosa que puede caracterizarse por un parámetro denominado modulus elasticus, que mide su capacidad de comprimirlo sin perder su forma. El cerebro humano tiene un módulo elástico de 0,5 a 1,0 kilopascal. Puede caracterizarse también por su densidad; lo mismo que otros muchos materiales biológicos, la densidad del cerebro es próxima a la del agua. Considerado su tamaño, uno adulto viene a pesar lo que una berenjena grande. Un cerebro típico es en un 80 por ciento agua, en un 10 por ciento grasa y en un 10 por ciento proteína.

Muchas son las cuestiones importantes que se resisten a ser aprehendidas en coordenadas biológicas nítidas. ¿Está la mente condicionada por los genes o por el entorno? Si las facultades cognitivas y las emociones dependen de adaptaciones construidas a lo largo de miles de años, según declaran los psicólogos evolutivos, ¿cómo podemos comprobarlo? Si la mente es una máquina, ¿cómo explicar la existencia de algo tan complejo como la consciencia? Lo que parece innegable es que la presión ambiental, la enfermedad, la adicción o nuestra situación económica sí puede inducirnos a comportarnos de determinada manera. Alan Jasanoff, director del Centro de Ingeniería Neurobiológica del MIT, centra su interés más en lo que el cerebro es, que en lo que hace. Lo concibe como un cruce de caminos de miles de influencias que operan de manera conjunta con nosotros y a través de nosotros, y defiende la tesis de la mente extendida, idea según la cual el hombre es mucho más que su cerebro, incluso que el cuerpo donde se encuentra instalado. Nuestro cerebro, propone, es una plataforma de lanzamiento de numerosas versiones de lo que somos. En todo lo que somos, toma parte. El inteligente o triunfador se siente orgulloso del poder de su cerebro; el atleta se precia de su coordinación y resistencia como productos, en parte al menos, de su cerebro. El padre se preocupa de la salud, desarrollo y ejercitación del cerebro de su hijo; el abuelo considera con temor el envejecimiento de su cerebro y las consecuencias de la atrofia encefálica. Si tuviéramos que donar algún órgano de nuestro cuerpo a otro, el cerebro sería probablemente lo último que pensaríamos ceder. Nos identificamos con nuestro cerebro.

¿Hasta dónde llega tal identificación? ¿Se encuentra en nuestro cerebro todo lo que encierra un sentido para nosotros? Concluye el libro con un experimento mental atrevido: una exposición de cómo sería un cerebro extraído de la caja craneana, depositado en una tina y bañado por fluidos y conexiones que le permitieran pervivir. Los cabos sueltos del cerebro están conectados a un ordenador que simula nuestras experiencias como si todo se desarrollara con normalidad. Aunque la escena parece de ciencia ficción, los estudiosos recurren a ella para considerar la posibilidad de que las cosas que percibimos no representen una realidad objetiva fuera del cerebro. Cualquiera que sea el resultado, la premisa del experimento mental es que ser un cerebro en una tina no viola ningún principio físico y es, en teoría, perfectamente imaginable. Si los avances científicos posibilitaran el mantenimiento del cerebro fuera del cuerpo, el escenario implicaría que nosotros nos encontraríamos en la tina.

El cerebro es un órgano complejo, quizá la entidad más compleja de cuanto existe en la Tierra. Se basa en la biología, se enraíza en la fisiología y se halla sometido a las leyes de la naturaleza. Responde a numerosos estímulos procedentes del medio exterior y a señales internas de otros órganos del cuerpo. Al variar el entorno, cambia su reacción. Ni siquiera el libre albedrío se encuentra exento de esa sujeción. Las propias enfermedades mentales no son solo consecuencia de la genética y de la estructura cerebral, sino que implica aportaciones internas y externas, así como la experiencia vital propia del individuo. El síndrome de alcoholismo fetal, el abuso y maltrato infantil, el consumo de drogas en edad adulta y la falta de apoyo familiar son ejemplos de situaciones en que la emergencia de enfermedad mental se halla alterada por circunstancias de la propia experiencia. Como lo son el trastorno de hiperactividad por falta de atención, la dependencia de la nicotina y la depresión. En consecuencia, la psicoterapia, la terapia conductual cognitiva, la terapia familiar y la manipulación ambiental complementan la medicación psicotrópica.

Para algunos, la reducción del yo a su cerebro no es cuestión de mero experimento mental. Kim Suozzi decidió conservar el cerebro tras su muerte anunciada de cáncer. Creía que el progreso de la técnica podría algún día devolverle a la vida, física o digitalmente, a través del análisis estructural de su órgano congelado. No ha sido el único caso. En nuestro mundo neurocientíficamente bien informado, el cerebro porta un legado de milenios de angustia existencial. En él buscamos respuestas para cuestiones sempiternas sobre la vida y la muerte, la virtud y el vicio, la justicia y el castigo. No existe función mental cuya correspondencia neuronal no se haya buscado a través del uso de las técnicas de formación de imágenes en las personas y de técnicas más invasivas en los animales. Con intensidad creciente, los datos cerebrales están entrando en los tribunales de justicia. Sigue más actual que nunca la declaración de Hipócrates: «Los hombres deben conocer que solo del cerebro procede la alegría, el gozo, la risa y el deporte, los miedos y el dolor, la desesperación y las lamentaciones».

Se opone Jasanoff a lo que llama la «mística cerebral»: falsa idealización del cerebro y su significación singular. Al percibir barreras virtuales entre nuestro cerebro y nuestro cuerpo y, por extensión, entre nuestro cerebro y el resto del mundo, vemos a las personas más independientes y automotivadas de lo que realmente son, y minimizamos las conexiones que nos asocian unos a otros y con el medio. En opinión del autor, hay cinco temas específicos que dan origen a la distinción cuerpo-cerebro y tienden a elevar el cerebro por encima del resto del mundo natural. Primero, la abstracción, una tendencia por la que las personas contemplan el cerebro como una máquina abiótica basada en principios fundamentalmente diferentes de otras entidades vivas. Se emplea la analogía del cerebro como ordenador, un ingenio de estado sólido que puede perfeccionarse y propagarse por vías sutiles e inaprensibles. El segundo tema es la complejidad creciente, una visión que nos ofrece el cerebro como si se tratara de una entidad tan enmarañada, que desafía el análisis o la comprensión. Viene a continuación la compartimentación, que resalta la localización de las funciones cognitivas sin ofrecer explicaciones más profundas; con el amplio apoyo de las técnicas de formación de imágenes desplegadas en los medios, esa visión compartimentada nos facilita a menudo una interpretación somera de cómo el cerebro nos ayuda a pensar y actuar. En cuarto lugar, el aislamiento corporal, una tendencia a considerar el cerebro como el piloto del propio cuerpo, por sus propias fuerzas, sin el concurso de los procesos biológicos desarrollados a extramuros del cráneo. El quinto y último tema es la autonomía, la idea de que el cerebro se autogobierna: abierto al entorno, pero siempre bajo su control.

Tres son las áreas que se han visto condicionadas por la mística cerebral: psicología, medicina y tecnología. En psicología, la mística cerebral identifica el cerebro con el motor principal de nuestros pensamientos y nuestras acciones. Al bucear en el comportamiento humano, solemos pensar en causas relacionadas con el cerebro y menos en factores externos a nuestra cabeza. Ello lleva a sobrevalorar el papel del individuo e infravalorar el papel de las circunstancias en un abanico de fenómenos culturales, de la justicia criminal a la innovación creadora. En medicina, una consecuencia grave de la mística cerebral estriba en perpetuar el estigma de la enfermedad psiquiátrica: equipara trastornos mentales a disfunciones cerebrales. En tal igualación omite una cuestión más honda: la vinculación de las enfermedades mentales con la cultura de su tiempo. El hecho de que demencias progresivas y pérdida del control motor se curaran mediante fármacos antibacterianos y suplementos dietéticos puso de manifiesto una doble realidad. Por un lado, evidenció la inequívoca naturaleza biológica de los trastornos mentales causados por la sífilis y la deficiencia de vitamina B3, que promueven la degeneración de neuronas del sistema nervioso central y aportan una prueba de la base fisiológica de la mente humana. Por otro lado, se observó que paresia y pelgra actuaban a través del cerebro, pero no por causa del cerebro. No podemos captar su complejidad si reducimos los problemas de la mente a problemas del cerebro. Con todo, no espere el lector aquí una solución a los grandes problemas de la relación mente-cerebro.

Puede conseguir el artículo en: