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1 de Noviembre de 2018
Nanomedicina

Nanotecnología para tratar la enfermedad de Parkinson

Los factores de crecimiento vehiculizados por nanopartículas consiguen aliviar los síntomas y recuperar las células dopaminérgicas en la sustancia negra de ratas con párkinson

La imagen muestra la pérdida de la sustancia negra en el mesencéfalo de una persona con la ­enfermedad de Parkinson. [CORTESÍA DE JOSÉ VICENTE LAFUENTE]

El médico James Parkinson (1755-1824) describió en 1817 la «parálisis agitante», una enfermedad que, según indicó, se caracterizaba por los movimientos lentos, la rigidez física y el temblor del paciente. Unas décadas más tarde, Jean Martín Charcot (1825-1893), considerado uno de los padres de la neurología, relacionó ese trastorno con la palidez de la sustancia negra, la cual forma parte del sistema de los ganglios basales. Decidió bautizar ese conjunto de síntomas con el nombre de enfermedad de Parkinson. Se conocía el trastorno, pero ¿y su tratamiento?

Hace sesenta años, el premio nóbel Arvid Carlsson (1923-2018) demostró que la dopamina era un neurotransmisor y que los animales con parkinsonismo presentaban una reducción de esta en los ganglios basales. En 1961, el neurólogo Walther Birkmayer y el bioquímico Oleh Hornykievicz se apoyaron en estos hallazgos para llevar a cabo sus estudios con levodopa endovenosa en pacientes con párkinson. Pocos años después, en 1968, el neurólogo George Cotzias (1918-1977), utilizó levodopa oral con el mismo propósito. Como la dopamina no puede administrarse directamente, ya que de esa forma no penetra en el cerebro, se suministra su precursor: la levodopa.

Finalmente, en 1969, el primer ensayo con levodopa y placebo controlado a doble ciego convirtió al precursor oral de la dopamina en el eje del tratamiento del párkinson.

Una solución con límites

Pero el tratamiento con levodopa solo consigue aliviar a los pacientes de manera transitoria. Aunque al principio se observa una mejoría notable, con el tiempo los beneficios suelen disminuir, son menos constantes y aparecen otros movimientos anormales involuntarios (discinesias). Además, la enfermedad de Parkinson no solo comporta alteraciones del movimiento, sino también olfativas, del tracto digestivo, ritmo cardíaco y sueño, así como de la sudoración, la regulación de la temperatura o, incluso, del reconocimiento de la propia identidad, por lo que se asocia en ocasiones con la demencia. Ante las limitaciones de los tratamientos farmacológicos actuales y la carencia de un método que consiga regenerar las células dopaminérgicas dañadas, muchos investigadores trabajan para conseguir este último objetivo. Entre ellos, el nuestro.

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