En busca del cuerpo perdido

¿Puede uno perder la sensación de su propio cuerpo? Puede. Ocurre cuando se alteran las vías por las que extremidades y tronco se comunican con el cerebro.
El cerebro está permanentemente atento a cuanto sucede hasta en la menor partícula del cuerpo. Esta interacción es inconsciente en su mayor parte: ignoramos muchas veces lo que se juega en nuestros músculos, en nuestras articulaciones e inclusive en nuestro cerebro. Nuestra misma aptitud para sostenernos en pie, o movernos, depende de la continua actividad de numerosísimos "informadores" corporales que se mantienen vigilantes las 24 horas del día.
Hace 30 años, Ian Waterman fue víctima de una rarísima infección que le destruyó las fibras nerviosas que llevan hasta el cerebro las informaciones sobre el estado de los músculos y sobre las presiones y rozamientos que sufre la piel. Sin estas informaciones, el cerebro de Waterman no sentía ya su cuerpo. Todo el dispositivo que permite al cerebro evaluar y ajustar los movimientos había sido destruido por la infección; no podía ya saber dónde estaban sus brazos ni sus piernas, ni en qué posición se hallaba su cuerpo. No estaba paralizado, pero el único modo de asegurarse de la existencia misma de su cuerpo era mirarlo. En una habitación a oscuras, falto de toda clave sobre la posición de sus miembros y sobre sus movimientos, Waterman se caía. Examinaremos aquí las causas neurobiológicas de su mal y la manera en que, gracias a las informaciones visuales, consiguió superarlas.

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