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Histeria y feminidad

La histérica, según los psicoanalistas, anda buscando la respuesta a una pregunta que la atormenta: ¿qué es ser mujer? Como ni el padre, ni el amante, ni el médico, ni el sacerdote ni el gurú llegan a dársela, se aleja de ellos siempre insatisfecha.

Es un amante maravilloso, con quien ella se entiende a la perfección afectiva y sexualmente. El queda libre, se divorcia, al fin. Pero desde el día en que empiezan a vivir juntos, él la enerva y ella ha dejado de sentir deseo y menos aún satisfacción. Este ejemplo de insatisfacción histérica, por simplificador que parezca —lo que no resta un ápice a su realidad habitual—, suscita numerosas cuestiones. ¿Por qué reducir el histerismo a la mujer, a la mujer caprichosa, y por qué centrar el problema sobre el plano del amor y del deseo?

Que la histeria sea cosa de mujeres es sabido desde la Antigüedad, que le dio su nombre, derivado del órgano específico del sexo femenino que es el útero. Si este órgano se pasea por el cuerpo (como quería Hipócrates), se producen trastornos diversos, ardores y múltiples crisis. Nuestros progresos en anatomía han dado cuenta de tal explicación y reclaman otra.

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