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Aprender a envejecer

La revitalización de nuestra existencia.

Successful aging
A neuroscientist explores the power and potential of our lives
Por Daniel J. Levitin
Dutton, 2020

No deberíamos preocuparnos del envejecimiento solo cuando las señales del paso del tiempo van haciendo mella en nuestro físico. Parafraseando a Joseph Conrad, caminamos confiados hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra que nos advierte de que hemos dejado atrás nuestra juventud.

El físico y filósofo Mario Bunge falleció centenario en febrero de 2020. Desde que llegó a nonagenario era habitual que en las entrevistas que concedía le preguntasen por el secreto de su longevidad y de su lucidez mental (que mantuvo hasta los últimos momentos de su vida). Bunge solía responder con una receta que consistía en no fumar, no beber, comer y hacer deporte con moderación, y mantener la curiosidad y la agilidad mental. Añadía, en ocasiones, que eran importantes también las rutinas sociales cotidianas y, bromeando, «no contaminar el cerebro con basura intelectual» como, por ejemplo, «leer a los postmodernos», entre los que incluía a Heidegger, Hegel o Nietzsche.

Curiosamente la mayoría de las evidencias científicas que pormenoriza Daniel J. Levitin en Successful aging parecen darle la razón a Bunge. El propio Levitin, en aras de la fluidez narrativa y la amenidad, combina la exposición de investigaciones neurocientíficas con testimonios de personajes longevos. En un problema multifactorial, como es el de la senescencia, no se pueden extraer conclusiones de un único caso, aunque su análisis supone un reto para la ciencia de la longevidad. Relata Levitin cómo la francesa Jeanne Calment, una de las personas que según se ha documentado más ha vivido en la historia, llegó a los 122 años pese a fumar dos cigarrillos diarios entre los 21 y los 117 años. Esto no implica, para nada, que fumar sea bueno: por cada caso de tabaquismo de «éxito» tenemos miles, sino millones, de muerte y padecimientos derivados del cáncer.

En nuestra salud mental influyen factores subjetivos, psicológicos, que son distintos para cada uno de nosotros, y que configuran nuestra particular basura intelectual. Levitin insiste en que aprender a evitar contextos y estímulos que influyen negativamente en nuestra personalidad es una parte fundamental del buen envejecimiento. Para vivir más, y mejor, el cerebro necesita ejercicio mental y protección ante agresiones externas. Es un hábito saludable más, tan relevante como la actividad física o la dieta.

El alegato de Levitin empieza presentando la vejez como una fase de la vida sobre la que se han vertido muchos mitos. Es una etapa que disfrutar y en la que más que la cantidad (de años vividos) se debería valorar la calidad, tanto de la salud física como de la mental. Pero cantidad y calidad no son incompatibles. Se ha avanzado mucho desde las concepciones tradicionales que solo mostraban el desgaste inexorable del cerebro con la edad. Levitin recalca que el envejecimiento no es un mero período de decadencia, sino otra etapa de desarrollo que «como la infancia o la adolescencia, trae consigo sus propias demandas y sus propias ventajas».

El enfoque positivo de Levitin impregna el resto del libro, con el estilo fresco que le ha caracterizado desde bestsellers anteriores. Ha transitado desde su experiencia en los procesos neurológicos relacionados con la música, tratados en Tu cerebro y la música (2006) o más recientemente en El cerebro musical (2019), a obras más alejadas de su especialidad, como The organized mind (2014) o La mentira como arma (2019). Levitin es un comunicador práctico y envía mensajes claros y directos para llegar al gran público, como demuestra en los podcast y artículos de su web (www.daniellevitin.com), a la que nos deriva para ampliar las nutridas referencias que acumula en las notas finales.

El proceso de senescencia es individual y empieza por la relación que establecemos con nosotros mismos, por las palabras que empleamos para describirnos y para explicar nuestro entorno; prosigue con la evolución personal, en la que nuestra memoria es crucial, tanto para dotarnos de personalidad y recuerdos, en los que nos reflejamos como en un juego de espejos borgiano, como para ir aumentando algo que será muy útil para envejecer bien: nuestra reserva cognitiva. No solo debemos invertir de jóvenes en el aprendizaje o el ejercicio, sino que con la madurez debemos seguir estimulando a nuestro cerebro mediante contextos ricos que potencien todos y cada uno de nuestros sentidos.

La inteligencia, de definición escurridiza también para un Levitin que cae en el embrollo de las inteligencias múltiples de Gardner, se potencia con la resolución de problemas variados y multimodales. Por eso el aislamiento y la poca estimulación pueden causar daños irreparables, tanto en el desarrollo infantil —como sucedió en el esperpento de los orfanatos rumanos durante la dictadura de Ceaușescu— como en los ancianos, por desgracia cada vez más marginados en las sociedades modernas.

A contracorriente de un mundo dominado por el ethos de la juventud, Levitin escribió y publicó Successful aging justo antes de la pandemia del coronavirus. La pandemia se ha cebado con los mayores: ha puesto en la palestra mediática finales dramáticos, en ucis y residencias de ancianos; ha suscitado el debate ético de los triajes cuando no hay recursos para todos y, al parecer, la edad es un criterio objetivo; ha recluido a la población por edades, estableciéndose horarios distintos para salir del confinamiento domiciliario, y, en conclusión, ha expuesto a las sociedades a una confrontación intergeneracional encubierta, en la que las restricciones a las libertades se justifican en aras del bien común y la protección de los más vulnerables, pero se aplican de forma diferenciada según la edad y, en la globalización, según los países y su jurisprudencia.

Hay datos suficientes para acabar con el mito de que la depresión, o problemas emocionales como el estrés, sean menos frecuentes en los jóvenes que en los mayores: de hecho es lo contrario. En realidad, una buena manera de promover las emociones saludables es ayudar a los demás y sentirse útil socialmente. Y la generación de nuestros mayores, estadísticamente, ha invertido más tiempo en la socialización que los jóvenes, a menudo absorbidos por jornadas laborales interminables y conciliaciones familiares complejas, cuando no imposibles, o reclusiones voluntarias ante las pantallas. Por otra parte, Levitin no se arredra al introducir dos caballos de batalla de la investigación gerontológica moderna que, ahora sí, aumentan su prevalencia con la edad: el dolor crónico y los trastornos del sueño.

Las variaciones de los ritmos circadianos, relacionadas con la melatonina, la dopamina u otras hormonas que fluctúan de forma diferenciada en mujeres y hombres (en la menopausia y en la menos conocida andropausia), influyen en los ciclos reparadores del sueño. Realizar una buena higiene de sueño es posible estableciendo buenos hábitos, como evitar las pantallas antes de acostarnos, dormir en un cuarto oscuro y respetar rutinas horarias. Levitin expone que aunque cueste más caer en los brazos de Morfeo en la vejez, por motivos fisiológicos, se necesitan las mismas horas de sueño a cualquier edad.

Levitin plantea también otros frentes abiertos en la ciencia de la nueva longevidad, como es el caso de las investigaciones sobre el acortamiento de los telómeros en la división celular, o los estudios sobre la influencia de la restricción calórica, la meditación, la inmunoterapia o el cáncer, en un recorrido fulgurante en el que no le cabe todo: ¿podrán biotecnologías de edición genética, como CRISPR, frenar los procesos de senescencia? ¿Seremos capaces de reparar el daño molecular en el organismo y convertirnos en transhumanos centenarios, sin problemas?

Mientras se vislumbran las certezas de la ciencia de la nueva longevidad, imaginen y dejen que suene la música de las ensoñaciones del futuro. Aprendan y anticípense a su línea de sombra.

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