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El baile, un elixir para la vida

Las personas que se mueven al ritmo de la música no solo mejoran su forma física, sino también su capacidad cognitiva y estado emocional.

GETTY IMAGES / MASTER1305 / ISTOCK

En síntesis

Muchas personas temen hacer el ridículo cuando bailan. Se trata de una suposición equivocada: el sentido del ritmo es una capacidad innata en los humanos.

Moverse al son de la música ayuda a regenerar y mantener en forma el cuerpo y la mente. Así, además de elevar el estado anímico y reducir el estrés, mejora la concentración y la memoria.

Una combinación de factores promueve el efecto saludable del baile. Entre estos componentes se encuentran la música, el contacto físico y el movimiento corporal.

«¡No sé bailar!» ¿Cuántas veces hemos oído decir esta excusa o la hemos puesto nosotros mismos? Muchas personas, sobre todo entre las procedentes de países del norte de Europa como Dinamarca, Alemania o Inglaterra, bailan muy poco porque piensan que no saben. Ese miedo, no obstante, es infundado: la capacidad de seguir el ritmo es innata en los humanos. De hecho, el cerebro de los recién nacidos reacciona si se interrumpe de repente el compás de una pieza musical, constataron István Winkler y otros científicos en 2009. Así pues, los neonatos con unas pocas horas de vida ya tienen sentido del ritmo. Además, todas las personas que responden con un «sí» a la pregunta «¿Le gusta la música?» saben bailar; y son la mayoría. Solo un 1,5 por ciento de la población considera la música un cencerreo molesto y casual que nunca escucharía por voluntad propia. Padecen amusia, un trastorno de la percepción. También las hay, asimismo pocas, que sufren anhedonia musical específica, es decir, que no sienten placer con la música [véase «El placer de escuchar música», por Noelia Martínez-Molina, en este mismo número].

Bailar es beneficioso para la salud. Entre otros efectos positivos, estimula el metabolismo, entrena el miocardio, aumenta la fuerza muscular a largo plazo y refuerza el sistema inmunitario. Junto a estos beneficios físicos, conocidos desde hace mucho tiempo, fomenta el bienestar psíquico. Los bailarines aficionados afirman que después de danzar se sienten contentos, eufóricos, llenos de energía y, al mismo tiempo, relajados. El efecto antidepresivo se debe, al parecer, a que cuando bailamos se segrega una mayor cantidad de oxitocina, la hormona del apego y la felicidad, mientras que el nivel de cortisol, hormona del estrés, disminuye. Para el cerebro, bailar es como una especie de droga y actúa como tal en el sistema de recompensa cerebral.

Bailar también nos mantiene mentalmente en forma. Piense por un momento en todo lo que su cerebro debe procesar cuando mueve el esqueleto: memoriza los pasos, coordina los movimientos con el ritmo de la música, envía a los músculos las señales adecuadas, mantiene el equilibrio y se encarga de que usted no se maree o se desoriente cuando gira. En pocas palabras, bailar no solo exige destrezas corporales, sino también cognitivas. Estudios a largo plazo han demostrado que protege de la demencia y de las enfermedades cardiovasculares como casi ninguna otra afición logra.

Música y baile, unión perfecta

Con todo, en el cerebro no existe una región específica para la danza. Bailar estimula múltiples procesos de manera simultánea, además, contribuye a regenerar y mantener en forma el cuerpo y el cerebro. Por ello, no solo resulta una actividad saludable, sino también una prometedora «medicina» que puede aliviar diversas enfermedades y síntomas; entre ellos, los problemas de equilibrio o de la capacidad de andar a causa del párkinson o de un ictus [véase «Ritmo para recuperar la marcha», por Simone Dalla Bella y Barbara Tillmann; Mente y Cerebro, n.o 72, 2015]. Pero ¿por qué bailar resulta tan saludable? Aunque todavía no se conocen al detalle los mecanismos, resulta probable que un conjunto de factores sean responsables de ese efecto.

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