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El enigmático síndrome de resignación

Cada año, casi un centenar de niños refugiados en Suecia entran en un estado apático cuando les comunican que tienen que volver a su país. Para los médicos, el síndrome de resignación es un misterio.

Los niños con el síndrome de resignación entran, poco a poco, en un estado comatoso. A menudo deben ser alimentados a través de una sonda nasogástrica. [CORTESÍA DE NETFLIX]

En síntesis

En Suecia, cada vez más niños refugiados entran en un estado comatoso. El desencadenante suele ser la denegación de una solicitud de asilo. Los médicos hablan de «síndrome de resignación».

Quienes dudan del trastorno sugieren que algunos afectados son obligados por sus padres a fingir la enfermedad con el fin de aumentar las posibilidades de conseguir un permiso de residencia.

El síndrome podría desencadenarse debido a un trauma y a las malas condiciones de los campos de refugiados. Sin embargo, la causa exacta de su aparición y propagación sigue siendo un misterio.

Daria yace en un lado de una cama de matrimonio demasiado grande para su pequeño cuerpo. Mantiene los ojos cerrados. Con cada respiración profunda que realiza, su diminuto cuerpo asciende y desciende. Podría pensarse que está durmiendo, pero el delgado tubo que tiene adherido a la mejilla y que penetra en su nariz delata que algo le sucede.

Daria tiene siete años, es ucraniana y reside en Suecia, donde sus padres han solicitado asilo. Lleva cinco meses sin abrir los ojos. No reacciona cuando le hablan o la tocan. La alimentan a través de una sonda nasogástrica. Su historia y la de su familia protagonizan el documental La vida me supera, filmación producida por Netflix que recibió el Premio del público a un cortometraje en el Festival Documental Free Frame de 2019.

Daria es una de los 80 a 100 niños solicitantes de asilo en Suecia que padecen el síndrome de resignación, un trastorno que ha alentado debates acalorados en Suecia y que ha conseguido dividir en dos bandos a políticos, médicos y periodistas. En un lado se encuentran los que sospechan que los padres obligan a sus hijos a fingir que están enfermos para que las autoridades de migración les concedan el permiso de residencia. En el lado contrario hay personas como la otorrinolaringóloga Elisabeth Hultcrantz, quien, desde su jubilación, defiende a los «niños apáticos» y a sus padres. El síndrome, opina, debería tomarse en serio y habría que dedicar mayores esfuerzos para ayudar a estas personas.

En 1998 se observó el primer caso de síndrome de resignación en Suecia; a lo largo de los primeros años de 2000, el número de niños y adolescentes refugiados alcanzaba varios centenares. En la actualidad, la oficina central sueca de sanidad y asuntos sociales sigue contabilizando de 80 a 100 afectados al año. Sin embargo, las autoridades estiman que el porcentaje de niños en espera de asilo entre 2014 y 2016 se redujo de cerca del 5 a un 2,4 por ciento.

Por lo general, el síndrome de resignación no aparece de repente, sino que evoluciona de forma progresiva: el niño se retrae cada vez más, no quiere ir a la escuela y pierde el apetito. En un estadio más avanzado del trastorno, entra, como Daria, en un estado comatoso que puede prolongarse meses; a veces incluso varios años. A muchos de los afectados se les tiene que alimentar artificialmente y poner pañales. No reaccionan cuando los médicos les hacen pruebas para evaluar el dolor o les hablan. Parece como si hubiesen abandonado su cuerpo y, en su lugar, hubieran dejado un caparazón inerte.

La enfermedad es un misterio para los médicos y los científicos. Pacientes con depresión grave o con el trastorno disociativo muestran síntomas similares, pero no en la medida y con la frecuencia con que se observan en los niños solicitantes de asilo en Suecia. El psiquiatra infantil y juvenil Göran Bodegård describió el síndrome de resignación en el año 2005 como «una desvitalización depresiva», es decir, como un debilitamiento depresivo.

No obstante, la apatía en el síndrome de resignación no tiene demasiado en común con la catatonia que puede acompañar determinados trastornos psíquicos, entre ellos, la esquizofrenia. Al igual que los niños apáticos, los pacientes catatónicos no reaccionan a su entorno y dejan de participar en actividades cotidianas, pero suelen presentar muchos otros síntomas que no se observan en el síndrome de resignación: movimientos involuntarios y rápidos o una tensión muscular acusada y constante, entre ellos. Los niños con síndrome de resignación simplemente se quedan tumbados, sin fuerzas. Por ello, Hultcrantz y Anne-Liis von Knorring, ambas profesoras eméritas que dedican su tiempo libre para tratar a los niños apáticos, sugirieron en un estudio publicado en 2019 que el síndrome de resignación podría ser una variante de la catatonia.

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