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El placer de escuchar música

Algunas personas son incapaces de disfrutar o emocionarse con la música. La exploración de su cerebro arroja luz sobre la capacidad humana de experimentar escalofríos musicales.

Getty Images / martin-dm / iStock

En síntesis

La música despierta en los humanos una gran variedad de emociones, las cuales, a su vez, activan nuestro sistema nervioso periférico, llegando a producirnos placer.

Los estudios en primates y personas sin la capacidad de sentir placer musical (anhedonia musical específica) arrojan luz sobre las estructuras cerebrales que nos permiten disfrutar de la música.

La interconectividad entre el giro temporal y la corteza orbitofrontal del hemisferio derecho y entre el núcleo accumbens y la corteza orbitofrontal se correlaciona con el placer musical.

Desde la serena emoción del lamento de la virgen María en el segundo movimiento de la Sinfonía número 3 de Henryk Górecki hasta la vivacidad del funk setentero del cantante Stevie Wonder, la música se ha erigido como un elemento fundamental en nuestra sociedad. Probablemente, ello se debe a su capacidad para inducir en el oyente una gran variedad de estados emocionales. Dichos estados emocionales suelen acompañarse de una activación del sistema nervioso autónomo, y, con la música adecuada, pueden conducir a estremecimientos de placer. Mas un pequeño porcentaje de la población (alrededor del 5 por ciento) no experimenta tal placer. Estas personas padecen la denominada anhedonia musical específica.

Según estudios arqueológicos, la música (o protomúsica) ha estado presente en las comunidades humanas desde la era del Paleolítico. En 2009, un equipo de la Universidad de Tubinga encontró, mientras trabajaba en una cueva situada al suroeste de Alemania, los restos de una flauta primitiva construida a partir del hueso de un buitre y cuya datación estimaron en más de 35.000 años. Una vez consiguieron reproducir el instrumento, los científicos comprobaron que permitía tocar una escala pentatónica.

El hallazgo constituye un significativo indicio de la sofisticación instrumental que existía en la Edad de hielo y sugiere unos orígenes musicales mucho más remotos, quizá de tipo percutivo, pero que no dejaron restos arqueológicos. En cualquier caso, esa flauta atestigua que en épocas remotas la música desempeñaba un papel lo suficientemente importante para Homo sapiens como para dedicar tiempo y esfuerzo a una elaborada construcción de instrumentos. Aunque, como comentaremos, el valor adaptativo de la música es todavía objeto de debate.

La música en el cerebro

Desde el punto de vista de la neurociencia, una cuestión candente es: ¿qué arquitectura cerebral permitía a nuestros antepasados experimentar placer con la música? En la búsqueda de una respuesta, siempre conviene empezar por los cimientos, en este caso, investigar la capacidad musical en nuestros parientes más cercanos, los primates, así como indagar los paralelismos entre el procesamiento de la música y del lenguaje en los humanos. Si consideramos la música como una serie de tonos de una frecuencia determinada que se desarrolla en el tiempo, la primera región cerebral en la que detectaremos actividad es la corteza auditiva primaria, que se aloja, aproximadamente, por encima de las orejas. Tanto en los humanos como en los primates, esta corteza contiene un mapa tonotópico compuesto por neuronas que responden a frecuencias de sonido específicas, mapeo que ya es posible encontrar a nivel de la membrana basilar de la cóclea, en el oído interno.

De acuerdo con el modelo de la organización jerárquica de la corteza auditiva, estudios llevados a cabo con primates han revelado una subdivisión de esta región en un núcleo central y áreas circundantes alojadas en el giro temporal superior, que, como veremos más adelante, se encuentra implicado en el placer musical. Además de esta organización tonotópica y núcleo-periferia, un modelo de dos rutas interviene en la percepción musical. Se trata de dos vías frontotemporales con conectividad recíproca: una anteroventral, relacionada principalmente con el reconocimiento de las propiedades melódicas y que comunica la corteza auditiva con regiones en el giro frontal inferior, y otra dorsolateral que pasa por el lóbulo parietal hasta alcanzar regiones sensoriomotoras en el lóbulo frontal. Esta última vía no solo se halla implicada en la percepción de la música (sobre todo de la parte rítmica), sino que también se activa cuando tocamos un instrumento o cantamos.

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