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Penfield, el cartógrafo del cerebro

A comienzos de la década de 1930, el joven neurólogo Wilder Penfield descubrió que las diferentes partes de nuestro cuerpo estaban representadas sobre un mapa en la superficie de nuestro cerebro. Sentó las bases de la moderna visión del homúnculo cortical.

Esta escultura expuesta en el Museo de Historia Natural de Londres ilustra un aspecto parcial del «homúnculo ­sensorial» de Wilder Penfield. Para algunas partes del cuerpo, como las manos, los labios o la lengua, se reserva un espacio considerablemente mayor en la corteza sensorial que para otras zonas corporales como las piernas. [Museo de Historia Natural de Londres / SCIENCE PHOTO LIBRARY]

En síntesis

Apasionado por la relación entre el cerebro y el «alma», el neurólogo Wilder Penfield (1891-1976) emprendió en 1930 la tarea de cartografiar la superficie del cerebro humano.

A través de la estimulación eléctrica del cerebro de pacientes con epilepsia descubrió que cada parte del cuerpo humano se halla controlada por una región muy precisa de la corteza cerebral.

Penfield sentó las bases de una representación «localizacio­nista» del ser humano. El homúnculo que creó relaciona partes de nuestro cuerpo con una región concreta de nuestro cerebro.

Finales de 1928. El joven neurólogo estadounidense Wilder Penfield observaba, bisturí en mano, a su paciente. Acababa de mudarse a Canadá por invitación del rector de la Universidad McGill. A los 37 años, sus colegas ya le consideraban uno de los neurólogos más brillantes de su generación. Después de obtener la diplomatura en Princeton, había estudiado bajo la égida de Harvey Cushing (1869-1939), considerado el padre de la neurocirugía moderna. También recibió una propuesta del magnate David Rockefeller para fundar un instituto de investigación y tratamiento de la epilepsia en Nueva York. Mas las luchas de poder en la comunidad neurológica de EE.UU. favorecieron que el proyecto descarrilara, lo que llevó a que Penfield migrara a Canadá. En el momento de efectuar la incisión en el cerebro de su paciente, todas esas consideraciones ocupaban un segundo plano en la mente de Penfield: estaba a punto de operar a su hermana a cerebro abierto.

El caso de la joven rozaba la desesperación. Acababa de sufrir una serie de convulsiones eco de una primera crisis que había sufrido ocho años antes y que le provocó movimientos incontrolados e involuntarios. En esa época, nadie entendía el origen de esos ataques, pero esta vez se estableció un diagnóstico: Ruth Penfield padecía un glioma. Se trata de un tumor cerebral agresivo que afecta a la glía, las células de sostén de las neuronas. La hermana del neurólogo estaba condenada a morir a corto plazo, a menos que se intentara extraer el tumor.

En opinión de todos sus colegas, Penfield era el más cualificado para llevar a cabo aquella operación de alto riesgo. Durante la intervención podía producirse una hemorragia masiva en cualquier momento, ya que implicaba la eliminación de la zona anterior del lóbulo frontal del hemisferio derecho, invadida por el tumor. Tras inyectar un anestésico local a la paciente, el neurólogo dejó al descubierto parte de su cavidad craneal mientras cortaba la masa cerebral con el bisturí. Ruth se encontraba despierta y consciente, puesto que el interior del cerebro es insensible al dolor. Aquel día, Penfield se esforzó al máximo. La operación resultó un éxito. Sin embargo, no sabía que había dejado algunas células cancerosas en el tejido cerebral de la parte posterior. Los días de la paciente estaban contados.

Objetivo: tratar la epilepsia

Algunos contemporáneos vieron en esta dura experiencia el empujón decisivo que alentó a Penfield a fundar, unos años más tarde, el hospital y el instituto neurológico de Montreal para «explorar el cerebro y el alma con el fin de mejorar la vida humana». ¿Cuál sería la misión concreta de aquel hospital? En ese momento, una de las especialidades de Penfield era operar a enfermos de epilepsia que no respondían a los medicamentos para tratar dicha dolencia, como el bromuro o el fenobarbital. Había desarrollado cierta experiencia en ese campo gracias a su aprendizaje junto a Cushing. Penfield se interesó, sobre todo, por las denominadas «cicatrices», las lesiones cerebrales que, por lo común, presentaban las personas epilépticas. Son áreas de tejido fibroso en la superficie de la corteza que tienden a adherirse a las meninges. El neurólogo se mostraba convencido de que las células gliales, las mismas que habían producido un tumor en el encéfalo de su hermana, eran las causantes de las cicatrices. Como consecuencia de las repetidas crisis epilépticas, en las que las neuronas descargan masivamente, las células gliales reaccionan formando áreas de tejido cicatrizante que contribuye, en parte, a la curación de los brotes epilépticos, pero que posteriormente provocan que las neuronas presenten una actividad eléctrica anormal, lo que favorece otras crisis. Una de las claves, según Penfield, consistía en eliminar quirúrgicamente esas regiones cicatriciales, lo que conllevaba una dificultad mayor: no dañar las áreas cerebrales circundantes que podrían ser cruciales para, entre otras funciones, el lenguaje, el movimiento o la audición del paciente.

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