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Actualidad científica

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  • Julio/Agosto 2010Nº 43

Informe especial Encrucijada de recuerdos

Las emociones, cemento del recuerdo

Cada recuerdo tiene su sabor; unos están teñidos de alegría, otros de tristeza y otros de orgullo o desprecio. Los recuerdos emocionalmente neutros arraigan menos en la memoria y participan menos en la construcción de la personalidad.

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¿Recuerda usted el nacimiento de su primer hijo? Seguramente vuelva a representarse ciertos detalles, unas emociones, uno sonidos, un ambiente. O quizá se acuerde usted del día en que aprobó el examen de selectividad. Tales recuerdos se afianzan en la memoria porque definen una parte de nuestra existencia: se trata de un material rico en imágenes sobre el que se basa nuestra mente para configurar nuestra identidad, lo que somos, la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Que tales recuerdos se implanten de forma tan tenaz en la memoria se debe a que llevan aparejada una emoción positiva, asociada a uno mismo. Nos apoyamos sobre tales recuerdos para tejer nuestra identidad, definir la coherencia de nuestras elecciones y de nuestras aspiraciones.

En la memoria, lo iremos desgranando, se realiza una suerte de selección, que nos lleva a retener los acontecimientos que tienen un sentido en nuestra trayectoria. Esa selección viene gobernada por la emoción: los recuerdos agradables se entretejen en nuestra identidad, siempre y cuando nuestro psiquismo funcione normalmente. En algunos casos que analizaremos, como la ansiedad asociada al contacto con los demás, denominada fobia social, esa selección se halla alterada y la imagen del yo vacila. Eso es tanto como decir que el papel de las emociones es capital en la memorización y la construcción de la identidad. Pero, ¿cómo estimula o atenúa la emoción los procesos de memorización?

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